SUPLANTACIÓN
Empecé con cosas pequeñas. Como un reto al que debía acostumbrarme.
Cambié mi forma de escribir las notas, imité la inclinación de las letras, el modo en que dejaba espacios irregulares entre palabras. Después ajusté mis otras rutinas: salía a la misma hora, tomaba el mismo camino, me detenía en los mismos escaparates aunque no mirara nada.
No era admiración. Tampoco envidia. Era más bien una curiosidad persistente, como si su vida fuera una puerta y yo quisiera comprobar si mi llave podría abrirla.
Con el tiempo, afiné los detalles más invisibles. Aprendí a responder con sus silencios, a sostener la mirada solo lo necesario para causar esa extraña inquietud, a reír sin mostrar los dientes. Nadie lo notó. Nadie salvo yo, aunque cada día encontraba menos diferencias.
Luego vino la definitiva transformación física. El peinado, esa leve inclinación de la espalda al caminar, las gafas.
Un martes coincidimos en el portal. Él bajaba... y yo quería subir. Nos miramos apenas un segundo. Se quedó sorprendido. No dijo nada. No hizo falta.
Esa noche dormí en su cama. Ahora su mujer me llama cariño y sus niños papá... y el único que aun no está del todo convencido es el canario que se niega a cantar como hacía cuando él llegaba a casa y le daba pipas. Eso tendré que ensayarlo más.
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