TU JARDÍN

Alguien me lo dijo alguna vez... pero me hago tan mayor que ya no recuerdo ni los nombres de aquellos que sabiamente me aconsejaron. 

Lo que no he olvidado es el mensaje que me dejó: "prueba a plantar amor y recogerás amor".

Y así lo hice. Y en la locura de la entrega, decidí también -hace hoy justamente un año- sembrar unas palabras.

No eran gran cosa: torpes vocablos juntados en imperfecta sintaxis ensombrecidos con la imperfección que siempre genera el miedo a ser observado. 

Aquel primer relato intentó colorear una página en blanco y me fui a dormir con la sensación de haber cometido una gran imprudencia. 

A la mañana siguiente, cuando regresé, las palabras ya no eran mías. 

A su alrededor había huellas diminutas, como si los ojos de los lectores hubiesen regado sus raíces para darle vida a nuevas historias.

Así comenzó el jardín.

Cada día planté una historia nueva: algunas crecieron como enredaderas salvajes; otras fueron tímidas, casi subterráneas; otras, -como frágiles mariposas- apenas se atrevieron a descubrir un amanecer para quedarse para siempre en el olvido.

Yo escribía por amor, con la esperanza  de certificar que alguien al menos cruzase la valla de mi jardín, aunque el temor al silencio me dominaba.

Pero al amanecer siempre encontraba maravillosas señales: una brizna doblada aquí, una gota de rocío allá, el eco de un suspiro entre las ramas. 

Eran los lectores; luciérnagas poderosas que iluminaban la inspiración.

No decían su nombre, pero encendían la noche con una luz tenue y cálida para que yo supiera que el camino seguía ahí. A veces bastaba un destello para espantar mis sombras más ruidosas. Y así se iban creando los renglones torcidos de las páginas nuevas.

Y estaban también aquellos que no eran tan anónimos: quienes dejaban una sonrisa al pie del árbol, quienes me contaban que una frase les había acompañado en un tren, en un aparcamiento de un centro comercial, en un martes difícil, en un día de lluvia. 

Ellos eran los jardineros visibles. Traían agua, semillas propias, historias que se mezclaban con las mías... hasta que ya no supe distinguir cuáles habían nacido en mi tierra y cuáles en la suya.

Durante un año, cada relato fue una botella lanzada al mar con un gran "te quiero" para quien quiera leerlo. Y cada respuesta —silenciosa o escrita— fue una marea devolviéndome la extraordinaria certeza de que al otro lado del inmenso océano había nuevas orillas.

Hoy he caminado por el jardín al atardecer. He rozado las hojas, he contado los brotes, he escuchado el rumor de los tallos ya altivos. Y he pensado que tal vez los jardines no pertenecen a quien los siembra, sino a quien regresa a ellos para refugiarse entre sus sombras.

Por eso escribo hoy este relato que suena a despedida.

Porque los jardineros tienen mucho miedo a que las estaciones cambien, que el invierno se lleve las flores, que la plaga del silencio borre definitivamente las palabras. 

Y porque despedirse es una forma elegante de agradecer: inclinar la cabeza ante las luciérnagas, abrazar a los jardineros visibles, cerrar la verja con cuidado y aprender a susurrar un último beso.

Si hoy apago la lámpara del blog, no es para dejar el jardín a oscuras, sino para que puedan verse mejor las hogueras que todos habéis encendido y sentir el confortable calor de sus llamas.

Me voy —eso diría cualquier final digno— dejando aquí las semillas, las botellas vacías, la tierra todavía tibia y húmeda...

Pero la verdad es otra.

Mañana, cuando amanezca, regresaré con una palabra nueva escondida en el bolsillo. Y vosotros, invisibles o visibles, volveréis a llenar de abono la hierba segada de este verde campo que se asoma al día.

Porque esto no quiere ser un adiós.

Pretendía ser la manera más hermosa que encontré de darte gracias… gracias... y de regalarte amor.... porque el amor es la única forma digna de vivir.

Comentarios

  1. Gracias por permitirnos despertar cada mañana entre las más bellas flores.
    Ojalá, no dejen de florecer nunca, pero a su ritmo... sin prisas, sin agobios... siguiendo su propio deseo, como el capricho de los grandes artistas.

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