ASESINANDO LA PASIÓN
Aquella noche la calle se llenó de cadáveres... frente a la farmacia de la esquina un corazón sin latido; en las puertas metálicas del supermercado aquellos ojos solemnes y profundos; delante de la sucursal del Santander unos anhelados pechos cercenados... Los dejó morir, como quien es incapaz de tapar una herida que no cesa de sangrar. Algunos aún temblaban, anhelantes, buscando una mirada que los terminara de socorrer. Pero todo era ya imposible. Y así... en aquella noche trágica fue degollando todo lo que tanto había amado. El último poema lo arrojó furioso contra la marquesina de la parada del autobús. Las primeras gotas de lluvia ahogaron la tinta que intentaba sobrevivir en el pálido papel. Por la mañana, la ciudad barrió los restos sin entender que no eran solo basura: eran todas las formas en que él había intentado amarla sin que ella quisiera ni leerlo.