APARIENCIAS
—La justicia no condena sospechas —dijo la jueza, interrumpiendo por tercera vez al fiscal—. Ni intuiciones. Ni siquiera certezas morales. Solo hechos probados. Estamos en un Tribunal de Justicia y nada más importante y noble que aplicarla con rigor y honestidad. El abogado de la acusación insistió en los indicios, en las contradicciones, en las coincidencias. Ella negó con la cabeza. —Si mañana empezamos a condenar sin pruebas objetivas, cualquiera de nosotros podría ocupar ese banquillo. Definitivamente queda absuelto. Aquella noche, en una casa solitaria frente al mar, la jueza descansaba entre los brazos del hombre al que ama apasionadamente. Él le sonreía. Ella, preocupada, le acarició la mejilla y susurró: —La próxima vez hazlo mejor. Dejaste demasiados detalles. Cualquier otro magistrado podría acabar condenándote.