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UN CINTURÓN

Eligió la caja más sobria, encargó flores blancas y revisó cada detalle del velatorio como si el orden pudiera sostenerla. Firmó papeles sin apenas verlos, respondió a pésames con una sonrisa rota y realizó con profunda amargura que asomaba en cada gesto los trámites para solicitar la pensión. Durante días, la casa quedó en silencio, cuidadosamente limpia, como si nada pudiera descolocarse. Guardó su ropa, dobló sus cosas, cerró puertas que ya no se volverían a abrir. La mañana que fue al banco, sus manos temblaban al recoger el dinero de la primera paga de viudedad. Salió despacio, encogida y trémula, sin mirar a nadie, acompañada de aquella infinita tristeza que hacía encoger el alma de quien la observaba y, tras caminar casi sin rumbo, se detuvo en una tienda antes de volver a casa. Esa noche bajó al sótano con el cinturón nuevo. Allí abajo, donde nadie podía oírle, su marido, amordazado y atado, necesitaba un agujero más en la hebilla...

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