TARDE DE OUIJA
Cerramos los libros antiguos a toda prisa y escondemos el tablero bajo la cama. El aire aún huele raro pero utilizamos un ambientador para disipar el olor a incienso y azufre. Abrimos las ventanas, tiramos las velas a la basura y cruzamos los dedos al escuchar la llave en la puerta. Ahora si que pasamos miedo de verdad, mientras la cerradura gira y nos quedamos sin palabras para explicarlo: comprendemos que lo verdaderamente urgente no es ordenar la habitación, sino explicar lo de los gatos negros, los cuervos que no paran de volar y la presencia de la difunta vecina del quinto, la que murió el mes pasado, y con la que tan mal se llevaban nuestros padres.