ENTERRANDO LA VERDAD
Don Emilio había saludado los nuevos tiempos de aquella España con infinita alegría y esperanza. Entregado a su vocación, decidió creer que la entrega cambiaba las sociedades, se comprometió a apostar por la solidaridad y resolvió soñar con la justicia. Pero los años, en ocasiones, se empeñan en cercenar los más bellos ideales y en dibujar paisajes grises que se imponen a todos. Y Don Emilio tuvo que guardar en el fondo del cajón , tembloroso y sometido, aquellos poemas con los que enseñaba a leer en la vieja escuela y que hablaban de libertad. El nuevo retrato en la pared — con mirada severa, uniforme impecable— vigilaba cada palabra que decía en clase. Decidió cambiar la gramática y la sintaxis, “pensar” por “obedecer”, “preguntar” por “repetir”. Ahora sus alumnos enterraban sus sonrisas y copiaban en silencio mientras él observaba el viejo huerto abandonado. Inseguro y taciturno, cada noche ensayaba frente al espejo su nuevo rol: voz firme, sin titubeo...