DOS SECRETOS
Mi prima siempre había querido volar. Recuerdo que no paraba de hablar de ello cuando éramos pequeñas y nos tumbábamos en el campo de amapolas a contemplar las nubes deslizarse lentamente. También recuerdo la negativa de sus padres a que hiciera cualquier curso de pilotaje. —Tenemos piernas porque Dios ha querido que pisemos el suelo —repetía mi tío ante cada nueva insistencia. Por eso, cuando aquel día me dijo que tenía que contarme un secreto y me pidió que la acompañara al aeródromo, fingí que no me temblaban las piernas y acepté subir con ella a la avioneta. Durante el despegue, me apretó la mano, convencida de que era yo quien tenía miedo. Sobrevolamos la costa en silencio. El mar brillaba bajo las alas y ella sonreía como si hubiera encontrado, por fin, el lugar al que pertenecía. Yo apenas podía respirar. Entonces, al inclinarnos sobre los acantilados, se volvió hacia mí, sonrió y me besó en los labios. No supe qué me asustó más: la altura o descubrir que llevaba toda la vida es...