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VIVIR

 El abuelo estaba siempre en el sillón, como si el sofá lo hubiera engullido hace años y solo lo dejara salir a medias. Tenía la mirada perdida, la boca entreabierta, y ese vaivén lento que a mí me hacía pensar que estaba soñando despierto o roto por dentro. Mamá decía que eran las pastillas, que lo mantenían “estable”. El pastillero era una cosa aburrida de plástico con compartimentos ordenados, como si la vida del abuelo pudiera resumirse en cuadraditos. Mi hermano mayor tenía otras pastillas. Azules. Las guardaba en su mochila como si fueran un secreto importante, de esos que no se explican pero se respetan. No sé por qué lo hice. Una tarde, mientras el abuelo dormía con la tele encendida, cambié las pastillas. Las suyas por las azules. Me temblaban los dedos, pero me pareció un juego serio, como cuando uno decide cambiar el destino de algo sin saberlo. El primer día no paso nada. Pero al día siguiente, que era Nochevieja... ufff Vaya cena... No dejó de hablar con Encarnit...

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