EL COSTE DE LAS PALABRAS
Entró buscando una disculpa, pero la dependienta le dijo que estaban agotadas desde hacía meses. —La gente ya no las usa —explicó mientras ordenaba con suma habilidad adjetivos calificativos en pequeños tarros de cristal—. Ahora se demanda mucho más el orgullo y las palabras malsonantes y pretenciosas. Y salen mucho más barato. Incluso tenemos esa oferta de tres por dos. El hombre paseó entre los pasillos. Había verbos frescos colgando como fruta madura, pronombres de segunda mano y algunas vagas promesas inacabadas e inconclusas con un más que interesante descuento, aunque ya empezaban a pudrirse por los bordes. Se detuvo frente a una vitrina cerrada con llave. —¿Y esas? La mujer bajó la voz. —Son las palabras que nunca se dijeron. Dentro descansaban, intactas, diminutas y brillantes: “quédate”, “perdóname”, “tengo miedo”, “te quiero”. El hombre sacó la cartera temblando. —¿Cuánto cuesta una? La dependienta sonrió con profunda tristeza, observándolo casi con misericordi...