LA HORA
La anciana llevaba tres días sin hablar. Los médicos habían probado de todo: preguntas, fotografías, música, incluso las viejas canciones que, según su hija, solían hacerla sonreír. Nada. Permanecía inmóvil, con los ojos clavados en la ventana. Aquella mañana, mientras cambiábamos las sábanas, se escuchó un golpe en el pasillo. Un enfermero dejó caer una bandeja y el estruendo hizo que la mujer se incorporara de repente. —¡Ya vienen! —gritó. Todos nos quedamos paralizados. —¿Quiénes? —pregunté. Me señaló la ventana con un dedo tembloroso. —Los que me dejaron aquí hace cuarenta años. Nos miramos sin entender. Fuera no era capaz de divisar a nadie. Entonces abrió la mesilla, sacó una fotografía amarillenta y me la entregó. En ella aparecía ella, mucho más joven, junto a otros cuatro ancianos. Los reconocí al instante. Eran cuatro de los pacientes que habían fallecido en los últimos años en el hospital. La mujer sonrió. —Me prometieron que volverían cuando todos estuvié...