LA DESPEDIDA
Era difícil renunciar a lo que toda una existencia le había obligado su errado raciocinio. Durante jornadas enteras recorrió la casa conteniendo el aliento, sofocando el impulso de romper, de gritar, de hacerse notar. Escuchaba a los vivos llorar, temblar, pedir en voz baja que aquello terminara, y algo en él empezó a marchitarse, a pudrirse, a morir realmente. Aquella noche decidió cambiar; en vez de gemir y arrastrar cadenas, ordenó libros caídos, paralizó los muebles que se agitaban y dejó de jugar con las luces. Cambió el frío por silencio, el estruendo por una quietud relajada, como si así pudiera reparar el daño. Cuando al fin la casa se llenó de calma, entendió que ya no quería asustar a nadie. Fue en ese momento cuando atravesó definitivamente el espejo del pasillo y entendió, demasiado tarde, que llevaba muerto cien años y que llegaba el momento de irse.