EL ECLIPSE
Era el acontecimiento del siglo. Todos lo esperábamos con una ansiedad casi sagrada. No volvería a repetirse en cien años. La naturaleza se disponía a ofrecernos su espectáculo más majestuoso: la luna avanzaría sobre el sol, apagaría su fulgor y, durante unos instantes, convertiría el día en una noche profunda y prodigiosa. Y allí estábamos todos, inmóviles, con el rostro levantado hacia el cielo, aguardando aquel instante irrepetible. Todos menos yo. Porque cuando la luna comenzó a ocultar el sol, yo no quise mirar al cielo. Quise mirarte a ti. Quise perderme en tu rostro, descubrir el asombro en tus labios, contemplar cómo tus ojos se llenaban de aquella belleza extraordinaria que todos habían venido a buscar. Y entonces ocurrió lo imposible: tú tampoco mirabas al cielo. Me mirabas a mí. Nuestros ojos se encontraron en medio de aquella oscuridad repentina y, durante unos segundos, todo dejó de existir. El cielo, los astros, la multitud, el sol vencido, la luna triunfante... tod...