LA REALIDAD
La dama, impoluta y grácil con aquel hermoso vestido blanco, descorcha la botella con una elegancia casi irreal. Él la observa fascinado; ella levanta los ojos y le sonríe. Durante un instante, sus miradas se encuentran y el mundo parece detenerse. Surge entre ambos una complicidad infinita, una promesa sin palabras. Siente algo grandioso, algo que vuelve a renacer y agitarle con vitalidad el corazón . El sol le acaricia la frente y cierra los ojos, feliz, aspirando la brisa que juega con las hojas caídas del otoño. —Vamos, Señor José, que toca la medicación —susurra ella, acercándole el vaso . Y es entonces, solo entonces, cuando vuelve a entender la maldita realidad: el envase de su jarabe, la cuidadora de las tardes y el oscuro jardín de esa residencia de la que ya no se acuerda ni del nombre.