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UN BUEN HOMBRE

  El general llegaba al cuartel antes del amanecer. Siempre temprano. Siempre antes que el resto de los mandos. Él aseguraba que tenía que dar buen ejemplo. Los centinelas enderezaban la espalda apenas escuchaban el ruido acompasado de sus botas sobre la grava húmeda. Él respondía siempre con un gesto amable, casi paternal, preguntando por la fiebre del hijo de uno, por la madre enferma de otro, por el ascenso prometido a un tercero. Nadie podía decir que el general fuera un hombre injusto. Cada mañana asistía a misa de seis. Se arrodillaba sobre el reclinatorio de madera con una devoción serena, antigua y apasionada, mientras enlazaba los dedos con fuerza y con los ojos cerrados conversaba de verdad con Dios. El párroco lo admiraba profundamente: “Un hombre recto”, decía. “De una bondad extraordinaria”. Y quizá lo era. Escribía cartas larguísimas a su esposa cuando estaba destinado lejos de casa. En todas hablaba de sus hijos: de las notas de Clara en el colegio, de la tos pers...

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