LO QUE NO SE PUEDE OCULTAR
Las llamas convirtieron la casa en un rompecabezas de humo. Cada uno escapó por donde pudo y, durante unos minutos, nadie supo quién había sobrevivido. Cuando al fin nos reunimos en el jardín, mi madre rompió a llorar y corrió hacia mi tío. Se abrazaron con la urgencia de quienes acaban de recuperarse después de haber aceptado perderse para siempre; sus frentes permanecieron unidas unos segundos, ajenos a los gritos y al fuego, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir. Mi padre apareció entonces entre la humareda. Tambaleándose entre el humo y la dificultad para respirar simplemente intento comprobar si estábamos todos bien.... y finalmente observó a mi madre y a su cuñado... ninguno de los dos supo cómo deshacer aquel abrazo sin delatarse.