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EL COSTE OBLIGADO

 Estoy pensando en retirar del escaparate los relojes que atrasan el tiempo. Al principio fueron un éxito. Cinco minutos más de sueño, diez para llegar a una cita, una hora para despedirse de alguien. Parecía un invento inofensivo. El problema es que nadie lee la letra pequeña. Cada minuto que le robas al presente desaparece de algún recuerdo al azar. Al principio olvidan dónde dejaron las llaves o el nombre de un vecino. Luego dejan de reconocer la canción que bailaron en su boda o la cara de quien les enseñó a leer. Hoy han venido todos a protestar. Dicen que les he robado la vida. Lo inquietante es que ninguno recuerda haberme comprado un reloj... habrá que darle la hoja de reclamaciones pero tampoco sé donde está.

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