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¿SIMPLE COINCIDENCIA?

 En el cajón inferior de mi escritorio guardo un pequeño muñeco de tela. No tiene cara, solo es un trozo de papel pegado con cinta donde escribí, con letra diminuta, el nombre de mi jefe. No lo hice por magia ni por venganza —o eso me digo—. Empezó como una broma privada.  Fue un acto reflejo. Algo irracional. Yo quería realmente partirle la cara. Pero incapaz de ello tan sólo lo garabateé en un papel. Fue el primer día que me negó las vacaciones. Recuerdo que le dibujé una ceja torcida...  Y aquella misma tarde llegó a la oficina con una tirita justo encima de la ceja.  Casualidad, claro… pero me hizo reír. Luego vinieron más detalles: un punto rojo cuando me cambió el horario, un parche de papel cuando canceló un proyecto en el que llevaba meses. Y, curiosamente, cada vez que añadía algo, al día siguiente él aparecía en la oficina con alguna historia absurda: que se tropezó con el gato, que se golpeó con una puerta, que perdió las gafas. No creo en supersticione...

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