DOMESTICADO
Lo conoció en la facultad: estudiaba Ciencias Políticas y citaba a Arthur Rimbaud como si fuera un santoral místico. Afirmaba ilusionado que quería escribir un poema perfecto y morir joven, abrasado por la belleza y el exceso. Bebía mucha cerveza, whisky barato, leía a los "malditos" y hablaba de incendiar el mundo con reformas y justicia... pero, sobre todo, con poesía. Ella decidió salvarlo. Le cambió los bares por bibliotecas, el desorden por horarios, el vértigo por oposiciones. Lo “domesticó” con la perfección femenina, convencida de que la estabilidad también era una forma de cuidado. Veinte años después lo observa servir vino en copas caras, repetir consignas prudentes, corregir a sus hijos cuando alzan demasiado la voz, insistir en la importancia de la propiedad, de la estabilidad. Conservador. Impecable. Sobrio. Aplausos medidos. Y un rostro siempre correcto, siempre formal... carente de la emoción infinita que la enamoró hace ya más de dos décadas. Pero, en oc...