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ENCARGOS

 No suelo desviarme de la ruta, pero aquella noche, despistado y feliz por una jornada muy fructífera, lo hice. Me confié.  De pronto dos figuras salieron de la nada y me rodearon con retadora amenaza. Me pidieron la mochila, el reloj, la cartera... absolutamente todo.  Se lo di sin discutir, como si me asustaran más sus nerviosismo, su inquietud, su agitación que las armas que portaban. Cuando ya pensaban marcharse y perderse en la noche, les pedí un favor: que no olvidaran el paquete del asiento trasero.  Dudaron un segundo, pero la curiosidad y la ambición siempre pesa más. En cuanto abrieron la cremallera, dejaron de mirarme. El problema no fue deshacerme de ellos después. El problema fue explicarle al jefe lo de los cuatro muertos... el sólo me había encargado uno.

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