FIEL ENTREGA
No puedo negar la devoción con la que me cuida. Desde el accidente no ha faltado un solo día. Me ayuda con los ejercicios para intentar recuperar el movimiento de las piernas y las manos, me alimenta con mis platos favoritos y me limpia con una delicadeza que todavía me conmueve. Después se sienta a mi lado durante horas, a veces leyendo, otras simplemente compartiendo conmigo el silencio de la televisión. Ninguna mujer habría hecho tanto por mí. Y no dejo de pensar en aquella tarde de verano, en el balcón de casa, cuando reuní el valor suficiente para confesarle que quería abandonarla. Me había enamorado de una compañera de trabajo y estaba decidido a empezar una nueva vida. Ella me escuchó en silencio. Después me empujó. Con mucha fuerza. Y soltó la mano que me asía a la baranda. Eran siete pisos. Sobreviví, aunque quedé tetrapléjico. Y desde entonces todos los días me recuerda al oído que yo, en verdad, nunca he querido abandonarla.