EL CONTROL
Al principio fueron pequeños favores: una taza de café, una ventana abierta, una mentira piadosa cuando alguien preguntaba por mí. Después aprendí a pedirle cosas más difíciles. Mi vecina guardaba las cartas que llegaban a mi nombre y yo le dejaba flores en el alféizar. «Para que no se sienta sola», decía, aunque ambos sabíamos que no era cierto. Con el tiempo, empezó a confiarme sus secretos. Yo escuchaba, asentía y, cuando podía, utilizaba alguno en mi beneficio. Nunca se dio cuenta. Hasta aquella tarde en que encontré una llave debajo de su felpudo. No sabía qué puerta abría, pero reconocí la etiqueta: era mi nombre, escrito con su letra. Esa noche comprendí que quizá llevaba meses creyendo que yo manejaba el juego. Y quizá era ella quien había estado enseñándome las reglas.