LO IMPORTANTE
Al abuelo le encantaba que viniéramos a la casa de la aldea a pasar el verano. Especialmente ahora, que ya era muy mayor y la finca comenzaba a quedársele demasiado grande. Fue el año de la boda de Julián, mi hermano, cuando decidimos entre todos remodelar la propiedad y adaptarla a las nuevas necesidades. Ya éramos demasiados los que pasábamos allí largas temporadas estivales y la vieja casa empezaba a quedarse pequeña. Había que hacer sitio, y para ello tuvimos que sacrificar parte de lo que durante años había rodeado la casa: arrancar algunos olivos y, sobre todo, talar el acebo casi centenario que el propio abuelo había traído de una excursión cuando era joven. Lo había plantado con sus propias manos y, desde entonces, se había ocupado de él con una dedicación casi enfermiza. Lo podaba, lo abonaba, lo protegía de las heladas y hasta hablaba de él como si fuera uno más de la familia. Recuerdo perfectamente el día que lo talaron. El abuelo permaneció sentado frente a la ventana,...