APARECIDA
Se levantaba cada mañana con la sensación de haber dormido poco, aunque el reloj insistiera en lo contrario. El café se enfriaba en la taza mientras él miraba por la ventana, como si esperara que el día empezara a explicarle algo. En el trabajo respondía con la precisión de siempre, aunque a veces se quedaba unos segundos más frente a una palabra cualquiera, como si le hablara en otro idioma. Sus compañeros lo atribuían al cansancio, o a la rutina. Por la noche, evitaba el silencio encendiendo cualquier cosa: la televisión, muchas luces, algún ruido. Aun así, el descanso nunca era completo y con dificultad acababa siempre rendido a la noche. Y entonces, en la madrugada, siempre sin falta, con el silencio profundo ya impuesto por la espesa oscuridad, ella volvía a aparecer en sus sueños... y la desdicha del vacío le rompía de nuevo el corazón.