UNA AUSENCIA OBLIGADA
Llevo todo el día intentándolo. Cogí el cuchillo jamonero y me lo acerqué a la muñeca, pero me dio demasiado miedo. Después miré el martillo y pensé en dejarme caer un buen golpe sobre el pie. Imposible. Nunca he llevado bien el dolor. Supongo que lo más sencillo sería presentarme ante el médico de la empresa diciendo que tengo fiebre, mareos o cualquier otra excusa. Pero ese hombre es tan quisquilloso. Y luego está nuestro representante, repitiendo que ninguna función puede suspenderse. Mucho menos ahora. Estamos en la cima. El público nos adora. Pero yo tengo claro que esta noche no puedo salir al escenario. Porque cuando llegue el momento de encerrarla en el cajón y hundir los sables hasta el fondo, me costará demasiado olvidar que ayer la vi besándose en el camerino con el joven tramoyista que acaba de incorporarse al teatro. Y, para bien o para mal, siempre he sido un ilusionista demasiado celoso y con muy buena memoria.