AMOR DE NIETO
Mi abuela era un encanto. De esas mujeres que te besan al llegar, te meten un caramelo en el bolsillo y te preguntan si has comido aunque acabes de levantarte de la mesa. Era dulce, maravillosa, encantadora... pero tenía un defecto muy peculiar: no podía soportar a la gente que le caía mal y obligadamente los echaba de su vida. Al principio pensé que era una forma de defensa, pero convertido ya en adolescente, comenzaron a saltarme las alarmas. Pude comprobar como el vecino que ponía la música a todo volumen dejó de molestar de un día para otro. También desapareció súbitamente el cuñado que siempre llegaba a casa sin avisar y, más tarde, aquella peluquera que había tenido la osadía de cobrarle demasiado por cortarle el pelo apareció quemada en el interior de su local. Pero todo fue definitivo cuando, durante una comida familiar, le pregunté por qué había una silla vacía. —¿Quién? —El tío Ernesto. Mi abuela frunció el ceño. —Ah, ese. Nunca me gustó cómo masticaba...