UN CAFÉ JUSTO
—Pasen, por favor. La casa es suya —dijo la anciana, apartándose del umbral con una sonrisa tan frágil como su figura. Los hombres del banco entraron con educación pero sin miramientos. Traían carpetas, cifras y una orden de desahucio. Hablaron de plazos vencidos y de procedimientos inevitables. Ella asentía despacio, como si todo aquello fuera una conversación lejana. —Antes de nada, he preparado café. Es lo único que puedo ofrecerles. Aceptaron por pura cortesía. El aroma era intenso, casi dulce. Bebieron con prisa, incómodos ante el silencio de la casa que pronto dejaría de serlo. El director carraspeó primero. El abogado dejó la taza a medio camino. El más joven intentó levantarse, pero la habitación comenzó a inclinarse suavemente. Se asomó a la ventana mientras los tres hombres, vencidos por el sueño, quedaban inclinados sobre la mesa. Recogió con calma las tazas, las lavó y las dejó secando boca abajo. Luego abrió el cajón del aparador, sacó la carpeta con la escritura...