TREGUA
En el pueblo, el festival de las máscaras era algo más que una costumbre, que un rito o una devoción... era la tregua esperada para vivir. Durante una noche al año, todos podían cubrirse el rostro sin miedo. Reír, llorar, mirarse sin apartar la vista. Fingir, por unas horas, que aún eramos alguien. Tomás creció escuchando advertencias en voz baja: “no te la quites cuando acabe”. Nunca hasta llegar a tu casa... Siempre con esa insistencia, con esa manía, con esa obstinación... pero jamás explicaban por qué. Pero aquella jornada, hacia la medianoche, oculto entre farolillos exhaustos, decidió dar rienda suelta a la curiosidad: se retiró la máscara. El aire le rozó la cara con una intimidad desconocida. Sintió piel. Rasgos. Algo propio y nuevo. Pero al alzar la vista, el horror no fue el suyo. Los demás seguían enmascarados… gritando y señalándolo. Algunos tiraban con torpeza del vacío. Otros sollozaban sin sonido. Tomás comprendió entonces el verdadero valor de la advertencia....