CAMBIAR DE MANOS
Nací en el 45, cuando la vida se empeñaba en ponérnoslo difícil. Fui feliz... creo que casi completamente feliz. Tuve un hombre bueno que me enseñó que el amor no siempre necesita palabras, que a veces basta una mano buscando otra bajo las sábanas, o en las horas oscuras, o en un paseo por la orilla del mar. Criamos una hermosa familia, llenamos la casa de risas, de discusiones tontas, de domingos interminables. Y un día, casi sin darme cuenta, los años comenzaron a llevarse las cosas... y a veces, también las esperanzas. Ahora observo a mi hija mientras me acomoda la almohada, me acaricia el pelo y me pregunta si necesito algo. Y yo solo sonrío, porque reconozco en sus manos la misma delicadeza con la que yo amé apasionadamente, la misma ternura con la que intenté protegerla del mundo. Entonces comprendo que el amor, cuando es totalmente verdadero, nunca se acaba... simplemente cambia de manos.