ALIMENTANDO LA SEGURIDAD
La campana sonaba cada amanecer. Inquietante y constante. Siempre al salir el sol. Era la norma más importante que teníamos: cuando sonara, debíamos permanecer dentro de casa durante una hora. Nadie podía mirar por las ventanas. Nadie podía salir. Nadie asomarse a la calle. Los mayores repetían que era por nuestra seguridad. Que fuera vagaban criaturas peligrosas y que el sonido de la campana las mantenía alejadas. Yo crecí creyéndolo. Era la norma fundamental. Y no creer... no estaba permitido. Pero un día me venció la curiosidad y decidí desobedecer. Cuando la campana comenzó a resonar, me escondí tras las cortinas y observé la calle. No apareció ningún monstruo. Lo que vi fueron personas... Miles de personas caminando en silencio, con la cabeza agachada. Hombres, mujeres y niños como nosotros, como los que estábamos en casa, pero vestidos con ropa gastada, escoltados por soldados armados. Avanzaban hacia los trenes que atravesaban la ciudad cada mañana. Aquella noche pre...