LA ELEGIDA
Había acudido allí desesperado. Tanta tecnología y tanta modernidad habían acabado por cercenar cualquier esperanza que me quedase de encontrar a mi pareja ideal. Por eso no podía dejar pasar aquel encuentro de citas rápidas que el bar de la esquina había organizado. Cinco minutos de charla de mesa en mesa... y confiar en que surgiese la chispa. La última protagonista llevaba tres minutos observándome en silencio . No parecía nerviosa, aunque yo ya había derramado dos veces el agua y llevaba un rato jugando con la servilleta. —¿Qué buscas en una mujer? —preguntó. Me reí, incómodo. —No lo sé. Que me haga reír, supongo. Que sepa cuándo necesito estar solo y cuándo necesito que alguien me abrace. Que no se canse de escuchar mis tonterías. —¿Y si un día dejas de ser divertido? ¿Y si te vuelves insoportable? —Entonces espero que me lo diga. Ella sonrió y bajó la mirada hacia su copa. Arq...