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UNA VIDA SIN ELEGIR

Era una situación que debía haber afrontado hacía tiempo. Pero la inesperada muerte de mi madre me alejaba de poner orden en la casa familiar. Era como si fuese incapaz de afrontar su súbita desaparición... el vacío que creaba que ya no estuviese el pilar y sostén de toda la familia, la mujer que todo lo afrontaba y solucionaba, la compañera perfecta, el recurso obligado. Pero aquel día me atreví.  Entré en su habitación y me puse a vaciar su escritorio; sus joyas ordenadas, los recuerdos que custodiaba, las fotografías de los abuelos... y un manojo de cartas atadas con una cinta azul.  Eso fue lo que más me llamó la atención.  Ninguna de aquellas cartas iba dirigida a mi padre.  Quise leerlas. En cada línea descubrí un amor inmenso, intacto hasta el último día, por un hombre cuyo nombre jamás había oído.  Era la letra de mi madre... la letra de quien todos aseguraban que había sido la esposa perfecta, la compañera incansable, la madre ejemplar.  Y entonces...

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