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ENTREGA

 Durante semanas coincidimos en el turno de vigilancia del faro estipulado por las autoridades desde que se inicio la contienda.  La tormenta mantenía aislada la isla y nadie cuestionaba que dos guardianes guerreros, combatientes del frente y expertos en mil batallas, pasaran horas juntos entre el viento y la oscuridad. Inventamos un lenguaje de golpes sobre la barandilla para avisarnos cuando alguien subía la escalera. Compartíamos café frío, mantas húmedas y silencios que pesaban menos cuando estábamos cerca. Antes del amanecer, cada uno regresaba a su habitación sin dejar rastro.  El día en que llegó el obligado relevo, nos estrechamos la mano delante de todos. Solo nosotros supimos que aquel apretón, firme e intenso, duró exactamente lo mismo que el beso que no podíamos volver a darnos.

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