SANOS SACRIFICIOS
Hacía años que mi marido empezaba a sentirse mayor. Quizá por eso se había entregado con entusiasmo a toda clase de terapias que prometían rejuvenecerlo. La última lo tenía especialmente ilusionado: fortalecía los músculos, mejoraba la postura y, según anunciaba el fabricante, podía devolverle aquellos ímpetus amorosos que la edad había ido dejando en el camino. Había investigado en internet, comparado modelos y leído minuciosamente las instrucciones. —¿Y funciona de verdad? —le pregunté. —Es cuestión de constancia —respondió con una grave mueca que no parecía precisamente de satisfacción—. Al principio costará, como todo, pero estoy seguro que ese esfuerzo tendrá su recompensa. Aquella tarde, al regresar del trabajo, lo encontré recorriendo el pasillo, tieso como un pingüino y con una expresión de concentración absoluta, aunque su rostro delataba un desagrado imposible de disimular, casi heroico... casi místico. —¿Qué haces? —Mi entrenamiento diario....