PERMISO
—Eres un desagradecido —le dijo, plantada frente a la lápida—. ¿Cómo se te ocurre morirte sin pedirme permiso? El cementerio estaba vacío, pero ella no bajó la voz. —¿Y ahora qué? ¿Te vas a descansar tan tranquilo? Pues no. Tú te quedas aquí, que yo todavía tengo cosas que decirte. Le habló de los años que le había dedicado, de las renuncias, de las enfermedades que había cuidado, de las noches en vela. Le recordó cada sacrificio como quien presenta una factura pendiente. —Y ahora, para rematar, tengo que llorarte. ¡Después de todo lo que me has hecho trabajar! Se quedó callada un instante y se secó las lágrimas con rabia. —Así que escúchame bien: puedes estar muerto, pero todavía no te he perdonado. Y muy enfadada se marchó. Al llegar a casa, dejó las flores sobre la mesa, puso dos platos para cenar y, antes de sentarse, murmuró: —Y como no aparezcas, mañana vuelvo al cementerio y te la armo. Ya te puedes ir buscando la vida pero mañana, para el desayuno, te quiero aquí... en es...