EL TIEMPO PASA
Cada año el mismo ritual: un tiempo fijo frente al espejo en la misma fecha y de la misma forma, buscando alguna prueba de que aún seguía siendo él: aquella persona que comenzó a temer el transcurrir de las edades cuando apenas era un adolescente imberbe. Primero fueron aquellas apresuradas transformaciones en el cuerpo, como si tuviera una ansia indomable por alcanzar un futuro que aun no comprendía. Luego se fue afinando la resistencia y la piel -cultivando pequeñas grietas- comenzó a narrar el devenir. Posteriormente, de forma súbita, fue apareciendo el cansancio en los ojos, y más tarde una honda tristeza que no recordaba haber elegido. Una noche notó que el reflejo parecía más decrépito de lo que debía. Más pálido. Más decaído. Como si todo hubiera avanzado mucho más acelerado. Intentó sonreír. Pero el reflejo, mudo, no lo hizo. Se inclinó, acercándose, y adivinó que detrás de su imagen no había el baño, ni aquellos azulejos ocres de las paredes, ni ...