FETICHISTA
Abría el baúl algunas noches, igual que otros abren un álbum familiar. Allí dormían el llavero de Naranjito del Mundial del 82, la camiseta sudada de la Expo de Sevilla, el primer disco de Mecano , una entrada amarillenta de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón , un cenicero robado en Benidorm, un mechero con el logo de Camel, una postal de Benasque, un diente de leche de su hermano emigrado en Australia, una botella sin abrir de la vieja Estrella, un reloj de cadena sin agujas y hasta el olor antiguo a naftalina de los armarios de su madre. Decían que era un enfermo. Él sonreía mientras colocaba cada objeto con delicadeza de anticuario y pureza de sacerdote. Al fondo de todo, dentro de una caja metálica cubierta de óxido, flotaba en formol el corazón de su primera novia. Aquella chica de Teruel, tan mona y espabilada, que después de jurarle amor eterno quiso abandonarlo por ser un fetichista. —¿Un fetichista? —murmuraba, mientras acariciaba la tapa y recordaba la noche en que...