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AROMAS

El viento solía atrapar su aroma y repartirlo por el jardín. Ella salía siempre a la misma hora, cuando la tarde empezaba a dorarse, y dejaba que el sol se enredara en su cabello como si quisiera guardar allí un poco del verano. A su lado, las niñas corrían, reían y jugaban con el agua, mientras ella preparaba meriendas interminables y exprimía naranjas para llenar los vasos. Fueron cientos de tardes así. Tantas que dejaron de parecer extraordinarias. El roble y el olivo las contemplaban desde sus sombras, pacientes y silenciosos, como si supieran que algún día aquellos pequeños instantes serían lo único que quedaría. Ahora el jardín está vacío. Pero el viento sigue llegando al atardecer. Se desliza entre las ramas, mueve las hojas y, por un instante, vuelve a traerme sus voces, el perfume de ella, las risas de las niñas, el rumor del agua. Antes no sabía mirar. Y mientras cierro los ojos, el viento los trae de nuevo. Solo que esta vez sé que son recuerdos, no aromas verdaderos... Aque...

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