CORREDORES
Siempre admiré a aquel hombre. Lo veía salir a corre todas las mañanas mientras yo fumaba el primer cigarrillo del día apoyado en la barandilla de la terraza.
Sonreía, saludaba a todo el mundo y regresaba a casa silbando.
Pensé que había encontrado la fórmula de la felicidad.
Y yo... que vivía algo amargado sin saber la razón real, decidí copiarlo: empecé a madrugar, a hacer ejercicio y a sonreír incluso los lunes.
Meses después coincidimos en un café. Le confesé que llevaba tiempo intentando vivir como él.
Se echó a reír.
—Yo simplemente corro para retrasar el momento de volver a casa. Y cada día lo retraso más... ahora incluso corro por las noches.
No acabé de entenderlo de todo pero estuve todo el día pensando en su reflexión.
Aquella tarde no salí a entrenar. Volví temprano con la intención de recuperar mi vida.
Mi pareja no esperaba verme. Su compañero de trabajo, tampoco.
Cerré de nuevo la puerta con cuidado y, casi por inercia, cogí la bolsa de deporte.
Al salir del edificio me crucé con el corredor.
—¿Vienes? —me preguntó.
Aquella noche corrimos juntos. Hicimos muchísimos kilómetros.
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