MEJOR PARA TODOS
Entré por la puerta de empleados en aquellos grandes almacenes el mismo lunes que él. A los dos nos habían dado una segunda oportunidad: después de tantos años, tanto tiempo y tanto silencio, volvíamos a pertenecer al mundo.
Él reponía en la planta de electrodomésticos y menaje. Yo ordenaba los pasillos de hogar y regalos. Cada mañana alargaba unos segundos mi ruta para cruzarme con él. Nunca levantaba la vista. Nunca me recordaba. Nunca parecía querer mirar a nadie.
Me repetía, por lo bajo, que era mejor así. Mejor para todos.
Hasta que un jueves de abril su taquilla amaneció vacía.
Por la tarde llamaron a mi puerta dos policías. Traían una fotografía y una pregunta que no necesitaba responder.
Comprendí que había vuelto a enamorarse y a perder la cabeza...
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