JUSTICIA DIVINA
Siempre estaba enfermo. Desde que había nacido, fue un infinito peregrinar de clínica en clínica. Un día era el pecho, otro las piernas, luego aparecían unas fiebres que no se iban nunca. Los médicos hablaban de mala suerte, de un cuerpo frágil. El padre asentía en silencio, con una paciencia que parecía virtud. La madre lloraba y se lamentaba, pensando en la crueldad de la vida.
Por las noches, cuando la casa dormía, el hombre bajaba al sótano. Allí guardaba una caja de madera con muñecos toscos, hechos de trapo y cordel. No eran juguetes. En la soledad de la estancia, le clavaba agujas a aquellos muñecos, les arrancaba un brazo, les doblaba el torso.
No lo hacía con rabia, sino con método. Sabía exactamente qué hacer para que, al día siguiente, el niño despertara con un dolor nuevo. Nunca lo había querido: sabía desde el principio que no era su hijo, y eso, para él, era razón suficiente. Era fruto de la lascivia pecaminosa de su mujer. Y él sabía, que con ayuda del cielo, le obligaría a pagar su culpa.
Pero una tarde de otoño, en que la fiebre lo obligó a quedarse en casa, el niño bajó al sótano buscando a su padre y lo vio todo: los muñecos mutilados, las agujas manchadas, uno de ellos con una marca idéntica a la cicatriz que llevaba en el costado.
Tras la inmensa sorpresa decidió no llorar. Entendió lo que correspondía hacer.
Esa misma noche, mientras el padre dormía, el niño hizo su propio muñeco. Usó ropa vieja, hilo negro y una paciencia que había aprendido del dolor.
Cuando terminó, no dudó. Le cortó la cabeza con cuidado.
Al día siguiente un lamento profundo y gritos alborotados que recorrían la casa despertaron al niño quien, por primera vez en años, amaneció sin dolor. El padre, tendido sobre un lecho ensangrentado, no volvió a despertar.
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