CAMBIAR DE PROFESIÓN

Me está preocupando esta extraña sensación que me invade. 

Tal vez yo sea ahora quien, en verdad, necesite compañía inventada, en estos tiempos en los que encontrar a alguien real se ha vuelto una rareza estadística. 

Conservo pocos contactos que sean reales, y casi ninguno que esté dispuesto a escucharme. Pero eso, en esta sociedad,  parece no preocuparle a nadie. 

Al contrario: me pagan por  crear, diseñar y hacer "veraces" figuras que nunca envejecen, amistades programadas para reír en el momento exacto y asentir sin dudar.

Formateo compañeros digitales para niños que prefieren no ensuciarse las manos, ni contradecir, ni perder, ni llorar. Les enseño a saludar en varios idiomas, a bailar en píxeles, a decir “yo también” con convicción. 

Hoy terminé otro encargo: un amigo nuevo para la hija de un alto mandatario de carácter muy inestable. 

Sonrió al verlo activarse, incluso me pareció observar que le caía alguna lágrima, como si acabara de nacer alguien importante.

Lo extraño es que, mientras ajustaba sus últimas respuestas emocionales, y él firmaba las transferencias del pago con mi secretaria, me di cuenta de que el cliente me había pedido exactamente lo mismo que hace años: alguien que no lo abandonara, que lo soportara, que entendiese sus excentricidades. 

Supongo que olvidó —como todos— que a su mujer, y quizá también a él, los diseñé yo, línea por línea, entre más errores que aciertos, los productos pioneros y defectuosos de aquel negocio innovador y atrevido. Incluso sus nombres no fueron un gran acierto; Donald y Melania.

Creo que, visto lo visto, dejaré definitivamente la tecnología y volveré al jardín. Plantar begoñas y hortensias se me daba mucho mejor...

Comentarios

Entradas populares