LO VEREMOS JUNTOS

 “Veremos el mundo desde arriba”, me aseguro ufano y convencido, señalando el cielo como si fuera una propiedad privada. Me hizo gracia, pero también me gustó su absoluta seguridad, como si ya hubiera estado allí, como si supiese perfectamente de que estaba hablando.

Esa noche cenamos en un restaurante imposible de pagar con un sueldo normal. Confirmé lo evidente: no jugaba en mi liga. Aun así, me quedé. Naturalmente que me quede. Hay decisiones que no se piensan, se toman impuestas por los hechos que te conquistan.

Nos casamos rápido. Todo era muy rápido con él.

“Esto es solo el principio”, repetía... Y yo empecé a creerle.

Primero fueron los viajes exóticos. Luego los silencios largos e infinitos frente a mapas que no entendía. 

Después, pequeños detalles: su piel parecía distinta bajo cierta luz, sus pupilas se dilataban más de lo normal, como si reconocieran cosas invisibles; ese olor extraño a azufre que en ocasiones se imponía al anochecer; y siempre, su mirada profunda.

Una noche me desperté y no estaba en la cama. Lo encontré en el jardín, completamente quieto y desnudo, mirando hacia arriba. No parecía esperar nada. Parecía responder.

Desde entonces, algo cambió.

Las plantas crecieron más de la cuenta. El aire se volvió espeso, como si estuviera vivo. Y yo… bueno, yo empecé a notar cosas raras. Mi reflejo ya no era del todo mío. Había un matiz distinto, una tonalidad que no recordaba haber tenido nunca, una sombra que no me pertenecía.

Ayer intenté irme. Hice la maleta sin hacer ruido. Cuando crucé la puerta, el jardín se cerró sobre mí. No físicamente. De otra forma. Como si ya no supiera salir.

Volví dentro. Él estaba sonriendo, tranquilo, como siempre.

“Te lo dije”, susurró. “Lo veríamos juntos”.

Y por primera vez entendí que no hablaba del mundo.

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