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No compartían nada. Eso era lo que siempre me decía Noa, y le preocupaba de verdad: estaba convencida de que era el primer síntoma de un amor que ya se estaba rompiendo.
Si su padre encendía la televisión, su madre desaparecía en la cocina. Si ella decidía hacerse un sándwich, él aprovechaba para encerrarse en el baño. Vivían bajo el mismo techo, pero como si habitaran horarios distintos.
Por eso casi nunca sabían que yo estaba allí, haciendo con Noa los trabajos del instituto mientras, sin darnos cuenta, aprendíamos también a descubrir el amor.
Hasta aquella tarde. Estábamos desnudos en su habitación cuando la puerta se abrió de golpe.
—¿Bajáis a merendar? —preguntaron los dos al mismo tiempo.
Fue la primera vez que los vi hacer algo juntos… eso y echarme de casa con cajas destempladas.
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