VENGANZA

El baúl crujía cada vez que lo abría, como si protestara por lo que guardaba. Dentro, todo estaba ordenado con una precisión enfermiza: cartas, fotografías, pequeños objetos con un valor personal. Los revisaba uno a uno, como en un ritual, aspirando su aroma,asegurándose de que nada hubiera cambiado y, sobre todo, aspirando la historia y el relato que cada uno de esos objetos transmitía.

Al fondo, envuelta en un sobre amarillento, estaba la partida de nacimiento. La suya no. La del niño. Su obra más perfecta.

La sostuvo entre los dedos un instante más de lo necesario. Recordó la noche en que decidió que no iba a permitirlo. No iba a dejar que ella criara a ese hijo que no era suyo, fruto de una traición que aún le quemaba por dentro.

Cerró el baúl.

Desde la otra habitación llegó la risa de su mujer, ligera, feliz, ajena a todo. El bebé respondió con un balbuceo.

Él se quedó quieto, escuchando. Y, sin querer, imaginó otro sonido: un llanto lejano, desconocido. Un niño sin nombre, sin historia… sin nadie.

El baúl, cerrado, guardó la venganza: amar engañada lo que creía que era suyo.

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