LA CAIDA DE UN IMPERIO
Hace algún tiempo me adueñé de la grieta que atraviesa el mueble de madera bajo la encimera, una frontera invisible que nadie debería cruzar.
Soy una hormiga atrevida, muy osada, una exploradora, y cada mañana cartografío montañas de azúcar, desiertos de pan duro y océanos pegajosos de café derramado.
Para mi colonia soy una auténtica leyenda: la que encuentra rutas imposibles y la que ha levantado un imperio entre migas.
De día, manos gigantes ordenan nuestro mundo sin sospechar la existencia de nuestras ciudades diminutas. Y al llegar la noche, la casa se vuelve nuestra y el terrazo ocre muda en una autopista silenciosa por la que transitamos poderosas en busca de un nuevo botín.
Yo camino erguida —todo lo erguida que puede una hormiga— convencida de que nada puede detener a quien domina un territorio tan vasto como una cocina y una despensa entera.
Soberbia y poderosa, me he considerado invencible, hasta que esta mañana la superficie amaneció desnuda, brillante, perfecta… y vi a la dueña de la casa sonreír con un bote de insecticida apuntando directo a mi gloriosa grieta.
Miré a mis compañeras antes de entregarme al martirio y comprendí que mi imperio infinito no había sido más que un bufé libre con fecha de caducidad.
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