SOBREVIVIR
Lo guardaba celosamente en su despacho. En el último cajón de la elegante y fornida mesa de caoba que le otorga distinción. El álbum, de tapas gastadas y esquinas derrotadas por el tiempo, contrastaba con el brillo frío del mármol que coronaba la estancia, con las pantallas encendidas, con la gama cromática de los lienzos que embellecían las paredes, con el silencio mullido de la moqueta que amortiguaba cualquier duda sobre la elegancia y el señorío del lugar.
Lo abrió con cuidado, como si temiera que las fotografías pudieran romperse al contacto con sus dedos más acostumbrados a firmar cifras que acariciar recuerdos. Allí estaba resumida la historia de varias generaciones: su abuelo con una maleta de cartón frente a un puerto desconocido; su abuela cosiendo junto a una ventana pequeña incrustada en oscura piedra; su padre, apenas un niño, descalzo y sonriente en una calle de barro junto a una pelota de trapo. Gente humilde que había llegado sin nada, huyendo de la miseria y del miedo, construyendo poco a poco una vida digna con manos agrietadas y esperanza obstinada y terca.
Se detuvo en una foto en particular: una mesa estrecha, demasiadas sillas, pan duro, unos cuencos de barro y muchas risas sinceras que se adivinaban en todos los rostros. Sintió un nudo en la garganta. Recordó historias repetidas mil veces en cenas familiares; aquello sobre el orgullo de sobrevivir. Un reflexión constante sobre el sacrificio... ese agónico y atrevido esfuerzo que había permitido que él estuviera ahora allí, en lo más alto de una entidad que podía hacer temblar los cimientos de ciudades enteras con una sola firma.
Cerró los ojos un instante. Pensó en su abuela diciendo que nunca olvidara de dónde venía. Pensó en el frío de las pensiones baratas, en las noches sin luz, en el miedo a quedarse en la calle. Por un momento, la distancia entre aquellas fotografías y su despacho desapareció. Sus dedos acariciaron la página como si quisieran pedir perdón por algo que aún no había ocurrido.
Cerró el álbum con suavidad y lo devolvió al cajón. El clic metálico sonó definitivo.
Encima de la mesa lo esperaba una pila ordenada de documentos. Gráficas ascendentes, cláusulas legales, nombres anónimos convertidos en números rojos. Tomó la primera carpeta, la abrió con determinación y leyó sin ninguna emoción visible: propuesta de desahucio, traslado al juzgado, ejecución inmediata. Un edificio antiguo vendido a un fondo de inversión. Inquilinos resistentes. Entre ellos, una pareja de ancianos que llevaba allí más de cuarenta años.
Se detuvo un segundo. Solo un segundo. Recordó la foto del abuelo frente al puerto. Recordó el olor del pan duro. Recordó la promesa silenciosa de no olvidar jamás. Por un instante... solo por un instante... sus ojos parecieron nublarse y una esquiva lágrima intentó asomarse.
Luego tomó la pluma. Firmó con un trazo limpio, firme, sin ninguna duda muy elegante. Pasó al siguiente documento, y luego al siguiente.
Cuando terminó, ordenó los papeles con exactitud milimétrica. Se levantó, alisó su chaqueta y observó la ciudad desde el ventanal. Las luces comenzaban a encenderse como un tablero de decisiones inevitables.
Volvió a su silla. Abrió el cajón un instante más, miró el lomo gastado del álbum y lo empujó suavemente hacia el fondo hasta que quedó oculto bajo unas carpetas nuevas. Cerró. Respiró hondo.
Porque, al fin y al cabo —se dijo mientras llamaba a su asistente para que enviara la documentación al juzgado—, en la vida hay que sobrevivir.
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