ABANDONADOS

Cada mañana, papá subía al tejado con los prismáticos colgados al cuello. Permanecía allí horas enteras, inmóvil bajo el sol, convencido de que algún barco aparecería en el horizonte. Mi madre hacía algo parecido: limpiaba una y otra vez la lámpara del faro apagado, como si la luz pudiera regresar solo con desearlo suficiente. Y, al tiempo, mantenía encendido el fuego. Siempre vivo. Siempre con esa infinita cadencia de humo blanco que se expandía por el horizonte vacío de vida.

Yo no tenía paciencia para esperar. Mientras ellos perseguían señales, yo recogía leña húmeda, reparaba las redes rotas y descendía a las cuevas cuando bajaba la marea. Alguien tenía que ocuparse de lo que seguía sobreviviendo.

Por las noches cenábamos en silencio, escuchando el viento colarse entre las tablas de la casa. Ellos hablaban a veces del continente, de cómo sería volver, de las calles llenas de ruido y de las ventanas encendidas y los rótulos iluminados. Yo fingía no escuchar y seguía afilando el cuchillo junto al fuego.

Antes de dormir, mi madre dejaba siempre la puerta entreabierta. Decía que así sería más fácil oír los pasos si al final regresaban a buscarnos.

Yo nunca le recordaba que, en esta isla, lo único que siempre regresaba era la niebla.

Hasta que una noche, una noche más de tantas y tantas, dejaron definitivamente de mirar el horizonte.

Y yo por fin entendí para qué llevaba años afilando el cuchillo.

 

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