MORDISCOS

 Llevo años padeciendo su voracidad. Al principio era precisamente eso lo que me volvía loca: aquella necesidad animal de recorrer mi cuerpo a dentelladas. 

Nos amábamos entre jadeos, risas y una colección de mordiscos intensos y profundos que tardaban días en desaparecer.

Con el tiempo dejó de ser pasión y se convirtió en costumbre. Yo aprendí a esconder los hematomas bajo la ropa y él siguió hincando los dientes con la misma devoción.

Ahora ha llegado la verdadera tragedia: por no cuidar jamás su boca y descuidar su higiene dental, apenas le quedan colmillos.

Y una, que aun está en la flor de la vida y a estas alturas de la luna, ¿dónde encuentra otro hombre lobo que la haga aullar?

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