REFUGIO

En aquella caseta, oscura y húmeda, colgábamos del techo todos nuestros sueños mientras fumábamos cigarrillos escondidos y bebíamos cervezas calientes.

Hubo tardes maravillosas alrededor de poemas mal leídos; hubo también escarceos ansiosos y torpes cuando la Puri nos enseñó a todos lo que de verdad era el amor; pero, sobre todo, sobraron fanfarronadas atrevidas de jóvenes convencidos de que íbamos a vencer al destino.

Aquel fue el tiempo de los sueños y de la respiración agitada, de las madrugadas cortas y de las tardes infinitas.

Algunos fueron marchándose, pero nosotros resistíamos en aquel paraíso, negándonos a renunciar a nuestros ideales. Creíamos que mientras la caseta siguiera en pie, también lo haría nuestra juventud.

Hasta que llegó aquel primer aviso.

Fue cuando una mañana descubrimos un cubo en mitad del suelo, recogiendo el agua que se filtraba por el tejado. Nadie dijo nada. Nos limitamos a mirar cómo las gotas caían, lentas y obstinadas, justo debajo de los sueños que habíamos colgado del techo.

Entonces entendimos que no era la caseta la que se estaba derrumbando... Éramos nosotros.

Cerramos la puerta por última vez sin despedirnos. 

Hay lugares que uno no abandona: son ellos quienes terminan expulsándote.

Hoy he vuelto al descuidado parque donde estuvo aquella caseta. 

Están levantando un centro comercial y he comprobado que, antes de echar los cimientos, nadie se preocupó de rescatar los sueños que allí estaban refugiados.



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