CUIDAR DE MI

El entierro de mamá fue demasiado silencioso, como si incluso el dolor hubiese aprendido a no hacer ruido. Yo, callada y ausente, intentaba sostener una sonrisa ante las muestras de afecto de quienes se acercaban a despedirse. La última en abrazarme fue ella: la amiga de mamá, la que estuvo a su lado cuando papá se fue, la que conocía sus secretos, la que ocupaba los huecos que él había dejado… o que él había creado.

Nunca nos atrevimos a nombrarla de otro modo. Yo ya era independiente y mamá necesitaba vivir. Pero era imposible no ver las visitas demasiado largas, las miradas que se evitaban en público, los silencios densos cuando la puerta de casa se abría y papá entraba como si todo le perteneciera.

Fue ella quien me habló primero de la marcha de padre, de su desaparición súbita, de su decisión de irse a otro país y dejarnos atrás y sin ni siquiera despedirse. Después, poco a poco, fue ocupando también los espacios de mamá, como si las ausencias le pertenecieran por derecho propio.

Hoy me ha besado en la frente y me ha repetido que no estaré sola. Que se lo prometió a mamá antes de morir.

Y yo he asentido, porque su voz siempre ha tenido la calma de quien cuida… pero algo en su forma de decirlo me ha helado por dentro. No he podido evitar recordarlo: también se lo dijo a mamá aquella vez, cuando dijeron que papá cruzó el océano… aunque ya sé que fuese con una piedra atada al cuello.


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