BUSCANDO LA SUERTE

Aquel día prometí no olvidarme de comprar el décimo de Doña Manolita. Era la cuarta vez que mi madre me lo recordaba, convencida de que algunas administraciones tenían un trato especial con la fortuna.

Lo compré aquella misma mañana, camino de la entrevista de una nueva becaria. Iba tan apurado que, sin mirar, doblé el décimo y lo metí en el primer bolsillo que encontré antes de salir corriendo.

La tormenta descargó sobre la terraza frente a los Juzgados. La chica llegó elegante, empapada y temblando de nervios. Estaba tan aterida de frío que le presté mi gabardina mientras terminamos la entrevista en la cafetería y le confirmé que empezaría después de Navidad.

Al día siguiente descubrí que había perdido el décimo. No me quedó más remedio que hacer dos horas de cola para comprar otro.

El día del sorteo, mi madre sostenía ilusionada mi billete entre las manos. No era el premiado. Justo cuando iba a decirle «¿ves?», el locutor anunció que el Gordo también se había vendido en Doña Manolita.

Esa noche recibí un extraño correo de la becaria que había entrevistado: "Gracias por el trabajo. No podré incorporarme, he decidido darme un tiempo para disfrutar; hoy he descubierto que la suerte, a veces, viene cuando menos te la esperas... ".


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