LA ELEGIDA

 Había acudido allí desesperado. Tanta tecnología y tanta modernidad habían acabado por cercenar cualquier esperanza que me quedase de encontrar a mi pareja ideal. Por eso no podía dejar pasar aquel encuentro de citas rápidas que el bar de la esquina había organizado. Cinco minutos de charla de mesa en mesa... y confiar en que surgiese la chispa.

La última protagonista llevaba tres minutos observándome en silencio. No parecía nerviosa, aunque yo ya había derramado dos veces el agua y llevaba un rato jugando con la servilleta.

—¿Qué buscas en una mujer? —preguntó.

Me reí, incómodo.

—No lo sé. Que me haga reír, supongo. Que sepa cuándo necesito estar solo y cuándo necesito que alguien me abrace. Que no se canse de escuchar mis tonterías.

—¿Y si un día dejas de ser divertido? ¿Y si te vuelves insoportable?

—Entonces espero que me lo diga.

Ella sonrió y bajó la mirada hacia su copa. Arqueaba las cejas de forma llamativa, igual que mi primer amor, y tenía una manera de morderse el labio que me recordó a mi madre. Aquello me inquietó, aunque no supe explicar por qué.

Nos quedamos en silencio hasta que ella volvió a preguntarme:

—¿Crees que podrías quererme?

La pregunta me pareció absurda. Apenas la conocía, pero había algo en su voz que me hacía sentir que llevaba años esperándola.

—Creo que sí.

Al salir, el hombre que nos había recibido en aquella sala se acercó con una carpeta.

—Bien, señor. Ya ha conocido a las cinco candidatas. ¿Ha tomado alguna decisión?

Miré a mi última cita, que aguardaba junto a la puerta, con las manos entrelazadas y aquella sonrisa que empezaba a parecerme imprescindible.

—Quiero quedarme con ella.

El hombre anotó mi elección y me entregó un documento para firmar. En la última página, debajo del precio y las condiciones de mantenimiento, leí por fin el nombre del modelo que acababa de elegir para compartir mi vida: Elena X-7V, androide de compañía afectiva de última generación.

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