El sombrero del abuelo era negro y hermoso y siempre estaba colgado en el perchero de la entrada, ligeramente inclinado hacia la izquierda, como si pretendiese escuchar lo que se hablaba o mirarnos de soslayo para entender nuestros secretos.
Era viejo, con el fieltro oscuro gastado, y con una cinta descolorida que olía a tabaco dulce y a lluvia antigua. Nadie lo tocaba. Nadie... excepto yo.
El abuelo decía que los sombreros esconden muchos misterios... y que aprenden a mostrar lo que desean sus dueños.
Yo creía que era otra de sus historias, de aquellos cuentos maravillosos que era capaz de relatarme cada tarde de invierno, cuando el viento frío nos encerraba durante jornadas.
Otro de sus interminables relatos fantasiosos... hasta que una tarde, aprovechando la siesta silenciosa de la casa, me acerqué al perchero, descolgué el sombrero, mire su interior -oscuro y vacío- y me atreví a meter la mano dentro.
Yo solo esperaba encontrar la tela, pero de pronto mis dedos notaron el contacto del viento, la brisa de un aire tibio que me acercó un desfile tan imposible como increíble: luciérnagas preñadas de luz que revoloteaban entre coloridas mariposas, relojes sonrientes que latían como corazones diminutos, peces desconocidos que ascendían por el aire, cartas ardientes de amor escritas con tinta dorada y que aún no habían sido enviadas, risas eternas y perdidas, estrellas brillantes, melodías dulces, besos delicados, caricias generosas...
Y de pronto comprendí que lo que estaba acariciando era la misma corriente tibia que me envolvía cuando escuchaba al abuelo inventar mundos junto al fuego.
La vida pasó, con su habitual monotonía.
Con los años, el perchero quedó vacío y la casa imaginó otros silencios, especialmente desde que el abuelo comenzó a sufrir aquello que mamá llamó Alzheimer y que a mi me sonó a fantasma diabólico que convertía en drama lo que antes era fantasía.
El sombrero quedo abandonado en su habitación, junto al resto de sus cosas, porque el vacío de su ausencia impedía que nadie entrase en aquella abandonada habitación.
El fieltro se gastó aún más, la cinta terminó de desteñirse, y mis manos crecieron hasta parecerse, sin quererlo, a aquellas que habían sido suyas.
Durante mucho tiempo no me atreví a volver a tocar aquel sombrero. Imaginaciones infantiles. Recuerdos ensoñadores de una etapa que no volvería.
Hasta que un día, otra de esas tardes de frío invierno en que regresé a la casa familiar, lo hice. Volví a coger aquel sombrero gastado y me lo coloqué encima de la cabeza... Como hacía él... el abuelo.
Me senté ante una hoja en blanco, acomodé el ala ligeramente hacia la izquierda —como si también yo quisiera escuchar secretos— y esperé... esperé.
Entonces volvió el viento. Y con él, volvieron las luciérnagas, los relojes latiendo, las cartas ardientes, las risas suspendidas en el aire.
Ahora sé, cada vez que me lo pongo para escribir, que no es la tinta la que empieza a correr: es la vida entera la que despierta y asoma bajo su ala negra... el alma infinita del abuelo... mi propia alma.
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