SORPRESA
Todos comentan lo cruel que es una herencia. Que las familias se rompen por cuatro paredes y una cuenta corriente.
En el velatorio se abrazan, se secan las lágrimas y prometen mantenerse unidos, como si el difunto aún pudiera escucharlos.
Yo, que siempre estuve a su servicio, asiento con cara de pena mientras reparto el café y observo cómo cada uno calcula en silencio cuánto le corresponde.
Nadie pregunta por el muerto; solo por el notario.
Si supieran que el testamento lo redacté yo, y que el último cambio lo firmó cuando ya había descubierto quiénes solo lo querían por sus bienes...hasta me escupirían el café en la cara...
Pero hoy sonríen y se abrazan y se consuelan... todo antes de descubrir que el único heredero es aquel vecino viudo del cuarto que nunca faltó, ni un sólo día, a hacerle compañía.
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