PASIÓN A LOS 80
Mi marido, Jorgito, es un hombre taciturno, soso, apagado, moldeable, endeble y un tanto mojigato. Siempre ha sido así. Y ahora, con su edad avanzada, lo más emocionante que hace es protestar cuando le cambio de sitio las zapatillas.
De joven tampoco era una alegría, y recuerdo que aquellas primeras citas fueron casi una obligación impuesta por mi tía que insistía en que le diese una oportunidad a aquel chico tan formal.
Iba a dejarlo en aquella última cita de agosto, hasta que lo conocí de verdad una noche de luna llena, en el bosque.
Se transformó ante mis ojos y... ¡madre mía, qué espectáculo!...
Aullaba, enseñaba las garras, se le erizaba el pelo, los colmillos relucían y sus ojos adquirían una expresión tan agitada y posesiva que por poco me desmayo. Aquella noche descubrí que, debajo de tanta sosería, vivía una auténtica bestia... una bestia en todos los sentidos.
Y me convenció plenamente.
Supe que debía elegir: soportar el aburrimiento las otras semanas del mes a cambio de disfrutar, durante unas noches -las de luna llena- de una pasión que ninguna mujer podía contar... algo que rozaba la blasfemia.
Ahora, con ochenta años los dos, la cosa se ha complicado. A veces se le va la cabeza, así que le he comprado una lámpara que simula la claridad del astro y la cuelgo del balcón.
Solo tengo que decirle:
—Jorgito, que ahí está tu amiga…
Y hay que ver cómo se pone el hombre. Se le eriza hasta el pelo de las orejas, y los aullidos retumban en toda la calle.
Los vecinos ya creen que me he echado un amante.
No pienso sacarlos de su error.
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