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El paquete apareció por sorpresa delante de nuestra puerta, envuelto en una piel que olía a horno y tierra húmeda.
No tenía remitente, solo un mensaje escrito con tinta negra: “Para quien necesite un poco de suerte eterna”.
Dentro había un corazón empapado en sangre dentro de un frasco, palpitando débilmente como si se negara a morir, y una pequeña tarjeta en tono ocre en la que se leía: “Devuélvelo o úsalo”.
Al principio pensamos que era una broma macabra de algún excéntrico vecino del barrio.
Pero al tocarlo nuestra inquietud desapareció, los vecinos del tercero dejaron de gritar y discutir, y hasta la gata que siempre nos arañaba empezó a ronronear sobre nuestras piernas.
Todo lo que sucedía parecía alegrarnos la vida mientras el corazón, que seguía latiendo, parecía mudar de color al compás de vernos prosperar. Me aumentaron el sueldo en el trabajo y aquella ayuda para reformar la vivienda nos la acabaron concediendo.
Y, por supuesto, unos días después, nos tocó el jamón de bellota que se sorteaba entre los clientes de la carnicería del barrio.
Lo más extraño fue la sonrisa pícara y cómplice que nos mostró el carnicero cuando fuimos a recoger el premio.…y mientras nos guiñaba un ojo, señaló el frasco bajo mi brazo y dijo, con total naturalidad, que no olvidáramos traerle el corazón cuando se nos acabara el jamón. Que la suerte hay que compartirla.
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