ALIMENTAR A PAPÁ

En el Instituto siempre había alguien dispuesto a hacer algo distinto por la noche. Un plan atrevido. Especialmente cuando la propuesta venía de alguien como yo. El tiempo me había convertido en una chica sugerente y fascinadora. Yo proponía la casa abandonada de las afueras, decía que podíamos quedarnos sin que nadie nos molestara. Sonaba emocionante, y casi siempre aceptaban.

Dentro, los guiaba por los oscuros pasillos como si la vieja mansión fuera mía: el amplio vestíbulo y salón, las escaleras, y al final el sótano. Les decía que allí abajo estaríamos más tranquilos. Bajaban entre risas; yo cerraba la puerta con cuidado y subía de nuevo.

Con el tiempo, sus nombres se volvían borrosos y sus caras se mezclaban, hasta desaparecer. Y eso hacía todo más fácil. Mucho más sencillo. 

Porque olvidar era la única forma de seguir llevándolos allí, donde mi padre esperaba en la oscuridad, sin reflejo en el espejo y con una infinita sed de sangre. 

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