MARCHAR
Hay decepciones profundas que no llegan con un grito, sino con un silencio... un silencio infinito... una ausencia permanente y oscura.
Cuando vio cómo se alejaban sin una explicación, pensó que había hecho algo mal. Repasó una y otra vez cada conversación, cada gesto, buscando el instante preciso en que todo se había roto.
La culpa impuesta y penitente pesaba mucho más que la ausencia.
Con el tiempo comprendió algo doloroso, pero liberador: no había sido ella quien decidió romper el puente. Fue esas personas quienes eligieron marcharse sin preguntar, sin escuchar, sin concederle la oportunidad de hablar, de explicarse.
Entonces entendió que el mayor daño no era el adiós, sino la autocondena dictada sin juicio.
Porque quien aprecia de verdad no sentencia desde sus suposiciones; primero mira a los ojos, pregunta, escucha, reflexiona e intenta comprender.
Y hay una paz extraña, muy extraña, en descubrir que no todas las pérdidas nacen de nuestros errores. Algunas nacen, simplemente, de las oscuras e injustas decisiones ajenas.
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