ARÁN Y LEÓN

No eran sus nombres, pero durante aquella semana fueron todo lo que tuvieron.

Él eligió León, por la ciudad donde se encontraron. El otro escogió Arán, por el valle al que huyeron después, cuando decidieron que siete días podían bastar para una vida entera.

No quisieron saber nada más.

Ni apellidos, ni trabajos, ni de dónde venían al cerrar aquella puerta. Solo aprendieron la forma de mirarse, de tocarse, de quererse con la urgencia de quien sabe que el tiempo está contado.

Fueron siete días sin medida: noches interminables, excesos, confesiones, cuerpos entregados sin reservas y una devoción casi desesperada por todo aquello que estaba destinado a terminar.

Al amanecer del octavo día hicieron realidad su promesa.

Se separaron sin preguntar por sus nombres verdaderos.

Nunca volvieron a verse pero cada uno ha tenido que soportar el hondo e insostenible peso de haber conocido, durante siete días, una felicidad a la que ningún otro día ha conseguido parecerse. 

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