LA HORA DETENIDA

No recuerdo cuándo comenzó a suceder. Era tan pequeña que apenas conservo recuerdos propios; durante mucho tiempo sentí que había crecido, casi desde siempre, bajo el nombre de Vega. Quizá fue por el tono azulado que adquiría mi piel, tan pálida, cuando el frío se apoderaba de la isla.

Mis hermanas también llevaban nombres de estrellas: Rigel, Antares, Betelgeuse. Papá decía que aquellos nombres nos ayudarían a encontrar nuestro camino en la oscuridad de la vida.

Pero una noche de tormenta, cuando mamá desapareció sin que nadie llegara a comprender cómo ni por qué, papá decidió que necesitábamos otro lugar y nuevas referencias para nuestro futuro.

Eso sí lo recuerdo.

Recuerdo también cómo cambió él.

De repente, su mirada se volvió hosca; sus palabras, escasas. Pasaba horas frente al mar, hablando con las olas como si esperara una respuesta. Nosotras pensamos que aquella era su manera de llorar la ausencia de mamá.

Después construyó una pequeña casa junto al faro y llenó el jardín de relojes. Ninguno marcaba la misma hora.

Una noche salió de casa convencido de que las gaviotas le estaban enviando mensajes. Las siguió hasta los acantilados.

Nunca regresó.

Ahora vivimos solas en aquella isla, encerradas en la casa que él construyó para nosotras.

Cada amanecer encontramos los relojes detenidos en la misma hora.

Y algunas noches, cuando el viento sopla enfadado desde el océano inmenso, alguien enciende la luz del faro desde dentro.

Mis hermanas dicen que es papá.

Que quizá ha vuelto para buscarnos.

Yo no quiero averiguarlo.

Pero, sobre todo, no quiero que regrese.



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