LA VICTORIA DE LA VECINA

 Fue a partir de que mamá murió cuando la vecina comenzó a preocuparse más por nosotros. Primero, que si éramos apenas dos retoños y necesitaríamos a alguien que atendiese nuestras más infantiles necesidades. Después, que si era importantísimo que comiéramos adecuadamente, porque, al parecer, el duelo también podía provocar anemia. Más tarde llegó la inevitable necesidad de que hubiese un poco de control en la casa: horarios, limpieza, ropa bien doblada y, si se terciaba, hasta inspecciones de la nevera.

Yo la vi venir desde el principio. Mamá, de hecho, ya lo decía antes de morir: «Esa arpía del quinto te mira como si fueras un Adonis, y a mí me mata con la mirada... acabará por hacerse dueña de todo». Nosotros nos reíamos entonces, porque mamá tenía un talento especial para detectar intenciones ajenas y convertirlas en tragedias domésticas.

Pero la vecina perseveró. Llevaba comida, ordenaba cajones, preparaba café y suspiraba convenientemente cada vez que papá aparecía por la puerta. Todo por nosotros, naturalmente. Una auténtica santa. 

Yo observaba aquella obra de caridad con creciente diversión... hasta que descubrí su verdadera victoria.. fue esa noche en la que papá dejó de dormir solo.

A la mañana siguiente, la vecina ya no llamó a la puerta.

Entró con las maletas.

Entonces entendí la última broma de mamá: aquella mujer nunca había querido cuidar de nosotros.

Había esperado a que mamá muriera para empezar a cuidar de su viudo.

Y lo peor fue descubrir que papá llevaba demasiado tiempo esperando que alguien lo cuidara a él.

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