LA CISTERNA

Noelia cerró la puerta del baño con el pestillo echado y se sentó en el borde de la bañera. Encendió un pitillo y dejó que el humo dibujara nubes lentas contra los azulejos. En la primera calada ya no estaba allí: caminaba por una playa inmensa al amanecer, el agua tibia acariciándole los pies; después, una ciudad luminosa la recibía con promesas de comienzos; luego, una risa compartida en una terraza extranjera, el sol en la cara y la sensación exacta de estar donde debía y al lado de quien quería.

Cada inhalación era un viaje. Cada exhalación, una vida posible.

—¿Noelia, qué haces tanto tiempo encerrada en el cuarto de baño?

La voz atravesó la puerta y rompió el horizonte perfecto de su último sueño, donde conducía sin destino por una carretera abierta, sin semáforos ni relojes.

—¡Ya salgo!

Apretó el cigarrillo hasta el filtro, dio la última calada y, mientras tiraba de la cadena, vio cómo el remolino del agua arrastraba también aquellas playas, aquellas ciudades, aquellas versiones mejores de sí misma. El humo se deshizo en el extractor.

Abrió la puerta, regresó al salón y se sentó en su sitio de siempre. Sonrió con suavidad, como quien acepta un acuerdo antiguo. La televisión anódina parecía murmurar, el reloj avanzaba incansable, y en esa monotonía apacible de la infelicidad asumida Noelia volvió a ser exactamente quien era.

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