NI UNA NOTICIA
La novela que ella dejó a medias se sumaba a su colección silenciosa de despedidas incompletas: la llamada que nunca devolvió, la maleta que hizo y deshizo un millar de veces antes de decidir quedarse, el “te quiero” que se le quedó mudo en la garganta aquella noche en la estación.
También estaba el correo que escribió con precisión quirúrgica, explicando cada herida y cada cansancio, guardado en borradores como si así pudiera postergar el temblor de enviarlo.
Y sobre todo, estaba el profundo miedo que no dejaba de crecer y que nadie más veía. Ese temor infinito a regresar con él.
Nadie supo jamás de tantas renuncias y de tantas ausencias.
Y nadie dijo conocer nada cuando su nombre empezó a pronunciarse en voz baja y las preguntas comenzaron a flotar tercas en el aire espeso y tembloroso de aquel hospital.
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