UNA FRASE
El silencio de la casa tenía un peso extraño, como si las paredes guardasen palabras que nadie osaba pronunciar.
Sobre la mesa dejé un cuaderno abierto, con una sola frase a medio escribir.
Quizás no era importante, apenas un intento de ordenar pensamientos.
Sin embargo, cada vez que lo miraba, las letras parecían moverse, cambiar de lugar, volverse incompletas.
Salí al balcón.
El aire de la noche olía a humedad y la ciudad dormía con el silencio extraño de la urbe.
Pensé en llamar a alguien, pero no sabía qué decir. Las conversaciones vacías me agotan, así que guardé el teléfono en el bolsillo.
Más tarde regresé al cuaderno. Cerré la tapa con cuidado y me fui a dormir con la sensación de haber dejado algo pendiente, pero sin saber qué era.
En sueños, la frase del cuaderno regresó, aunque no como palabras. Era un hueco, una ausencia con forma de pensamiento. Intenté acercarme, entenderla, pero cada vez que la miraba se deshacía, como si la propia idea rechazara ser nombrada.
Al despertar, el cuaderno seguía sobre la mesa. Cerrado.
Sentí urgencia por abrirlo y, al hacerlo, descubrí que las páginas estaban en blanco.
Ni una sola letra.
No era que alguien lo hubiera borrado; era como si nunca hubiera sido escrito. Como si la frase, en su posibilidad, hubiera bastado para existir… y ahora, al intentar fijarla, hubiese desaparecido.
En la habitación había un silencio distinto. Más profundo. No el de las paredes, sino el de algo que ya no estaba.
Guardé el cuaderno definitivamente.
Tal vez no hacía falta escribir nada.
Tal vez la historia más mágica no es la que se escribe, sino la que se intuye.
Y algunas intuiciones son auténticas puertas a lo desconocido.
Puertas que, en ocasiones, es mejor no cruzar.
Comentarios
Publicar un comentario