APARENTANDO NORMALIDAD
Por las tardes nos tumbamos en el sofá, uno a cada lado de la niña, y dejamos que nos acaricie como si fuéramos dos gatos perfectamente normales. Ella se ríe cuando arqueamos la espalda y nos rasca detrás de las orejas. Se nota que es feliz a nuestro lado.
A mí tampoco me disgusta esta vida. Es tranquila, caliente, y nadie sospecha nada cuando nos quedamos dormidos sobre el radiador o cuando miramos demasiado atentos por la ventana. Dentro de esta casa todo es fácil: comida en un cuenco, manos suaves, noches sin correr ni esconderse.
Julieta y yo hemos aprendido rápido a mover la cola con elegancia... a caminar sin hacer ruido... incluso a ronronear de forma dulce. A veces incluso olvidamos cómo era antes.
Pero hay momentos peligrosos.
Como cuando alguien toca el timbre y siento un impulso demasiado fuerte de gruñir.
O cuando sueño que corro por el bosque y despierto con los dientes apretados y las garras afiladas listas para matar.
Ese día llegará. El día en que alguien note que nuestros maullidos no suenan del todo bien. O que, por un segundo, nuestras sombras no parecen de gato.
Comentarios
Publicar un comentario