CONFIDENCIAS
Desde la repisa más alta del salón los veo cada tarde. Llegan corriendo del colegio, tiran las mochilas al suelo, cogen la merienda en la cocina y llenan la casa de ruido. Antes de que ellos llegaran, esta casa era solo silencio y polvo. Ahora, al menos, tiene vida.
El pequeño todavía no se da cuenta de nada. Cree que las puertas se mueven por el viento y que las luces que parpadean son cosas de la vieja instalación eléctrica. La mayor, en cambio, a veces se queda quieta mirando hacia donde estoy, como si algo no terminara de encajarle.
Ayer, mientras dibujaba en la mesa, levantó la cabeza y susurró:
—Mamá… ¿has oído eso?
Su madre le contestó que no.
Es en ese momento cuando me hubiese gustado una confidencia.
Hubiese deseado decirles que no tengan miedo, que no estoy aquí para asustarlos.
Que solo vuelvo cada noche porque esta fue mi casa y porque alguien tiene que vigilar cuando todos duermen.
Pero hay cosas que los vivos no deberían escuchar.
Sobre todo si quien intenta hablar… ya no respira.
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