UNA HONORABLE PROFESIÓN

 En mi profesión uno aprende pronto que el verdadero problema no es el trabajo en sí, sino la gente. 

Mis colegas son extremadamente descuidados. 

Afean completamente este trabajo. 

Y no exagero nada. 

Mis compañeros han perdido completamente los modales. 

Nadie saluda, nadie da las gracias, nadie parece recordar que existe una mínima cortesía que sostiene la convivencia y, en cierto modo, nuestra cultura. 

Todo se hace con prisas, con brusquedad, como si la educación fuera una antigualla inútil.

Yo, en cambio, procuro mantener en todas las ocasiones ciertos principios. 

Son valores que heredé de mi padre, un hombre serio que siempre decía que, incluso en los momentos más delicados, la dignidad y el respeto deben ir por delante. 

Puede parecer una manía, pero creo que esos pequeños gestos nos distinguen.

Jamás interrumpo. Escucho con paciencia. Si alguien está nervioso, intento incluso que se calme. 

Y cuando llega el momento inevitable, considero de buen gusto ofrecerles un instante de recogimiento.

Por eso les pregunto si desean rezar algo y si me quieren transmitir un último recado antes de descerrajarles un disparo seco en la frente.

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