UNA BARRA

 Cada mañana paso por la misma panadería. No porque me guste especialmente el pan, sino porque está ella detrás del mostrador.

La primera vez apenas fui capaz de hablar. Ante mi silencio comenzó a ponerse nerviosa y yo sólo me atreví a pedir una barra. Pagué, me dio el cambio y dijo “gracias” sin mirarme demasiado. Al día siguiente volví. Y asís sucesivamente en una cita obligada. Ahora ya sabe lo que voy a pedir antes de que hable.

A veces imagino que, cuando salgo, comenta con alguien: “el de siempre”. Me gusta pensar que sonríe un poco al decirlo.

En casa guardo las bolsas de papel dobladas dentro de un cajón. No sé muy bien por qué. Supongo que porque huelen a harina y a algo dulce que se parece a la esperanza.

Algún día quizá me anime a quedarme un poco más, a preguntarle algo que no tenga que ver con pan. O incluso a hablar de empanadas o... quizás a preguntarle a que hora acaba de trabajar.

Pero primero tendría que decidir qué hacer con todas esas bolsas. Y sobre todo con el pan que diariamente tiro a la basura. Soy alérgico al gluten.

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