FLORES

No sé cuándo decidió marcharse.

Yo era demasiado pequeño para guardar ese instante en la memoria y mamá nunca ha querido prestarme la suya. Cuando pregunto, cambia de tema, señala el cielo y me pide que cuente estrellas. Como si las constelaciones pudieran ordenar lo que aquí abajo quedó roto.

Antes me enfadaba ese silencio. Sentía que me robaban una explicación que me pertenecía. Ahora ya no. Ahora no siento gran cosa.

Cada tarde salgo al jardín y camino hasta el viejo castaño que proyecta sombra sobre el seto del vecino. Lo hago sin prisa, sabiendo que estará allí.

Sentado en la hierba, la espalda apoyada en el tronco, con esa sonrisa amplia que recuerdo de las fotografías.

La primera vez me asusté. Pensé que era un extraño merodeando la casa. Pero era papá. Y un padre no le hace daño a su hijo.

Desde entonces no hay día en que no conversemos un rato. Yo hablo; él escucha. A veces el viento mueve las hojas y parece que asiente. 

Hoy me ha prometido que no volverá nunca a marcharse. 

Tengo que decirle a mamá que deje de gastar dinero en flores. Papá nunca ha sido de jardines.


 

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