EL DEBIDO RECONOCIMIENTO

Dice que solo soy un muñeco. Un peluche de trapo.

El nuevo, explica, lo ha traído su padre de Dubái. Si le aprietas el ombligo canta. Es más suave. Más bonito. No está deshilachado ni sucio como yo.

También insiste en afirmar que es absurdo que  crea que puedo vigilar su sueño.

La niña me aprieta contra el pecho mientras la escucha. Conozco ese gesto. Lo hace desde que era muy pequeña. Sus dedos se enredan en mis costuras sueltas.

La madre suspira.

—Ya está bien. Hay que crecer. Los trastos viejos se tiran.

Me levanta por una oreja, con dos dedos, como si fuera algo pegado a la suela de un zapato. La niña protesta, pero ella insiste: solo soy un objeto. Algo reemplazable. Algo que puede tirarse a la basura sin que pase absolutamente nada.

No entiende.

No recuerda las noches en que la niña lloraba y yo era lo único que calmaba su miedo. Los secretos susurrados entre lágrimas. Las pesadillas espantadas. Los monstruos que aprendieron a mantenerse lejos de la cama.

Me deja tirado en el tendedero, al lado de la basura, apaga la luz y cierra la puerta.

La casa queda en silencio.

A medianoche, mis patas de felpa se cierran sobre la garganta de la madre. Sus ojos se abren, llenos de pánico. Intento ser amable cuando se lo explico: no se desprecia a quien protegió a tu hija.


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