EL CAJÓN

Abría el cajón cada noche con cuidado, como quien visita una herida antigua.
Dentro guardaba palabras dobladas en silencio. Palabras que su orgullo a no ser perfecta le impedían sobrevivir: lo siento, error, te quiero, pasión, misterio, sorpresa, ayuda, amor...

Las retiraba de su mente, las doblaba con cuidado, como hacía con sus camisas, y las metía en la profundidad del cajón. Luego lo cerraba mientras miraba la mesilla ordenada, como su armario, como su vida... y cuadraba el borde con el marco, colocaba a dos dedos de distancia el despertador digital separado tres centímetros de los ordenados libros que se encajaban con las esquinas.... 

Y los días pasaron y pasaron, y llegó una noche que el cajón -preñado de palabras- se forzó y brotaron todas como el agua de los manantiales, con fuerza, con brutal atrevimiento.

Aquella mañana no sonó el despertador: la empujaron de la cama las palabras al caer.

Lo siento se quedó flotando en el aire, error rodó bajo la cama, te quiero se pegó al espejo, necesito ayuda abrió la puerta de par en par.

Ella intentó ordenarlas, doblarlas otra vez, pero ya no le obedecían.

Salió tarde de casa, despeinada y sin maquillar, imperfecta y frágil. 

En el ascensor se le escapó un “perdón”. 

En la calle, un “gracias”. 

En la oficina, un tembloroso “no puedo sola”. 

Pero nadie la castigó. Nadie dejó de apreciarla. El mundo no se rompió.

Confusa e inquieta se miró al espejo y algo parecido a una sonrisa comenzó a adivinarse.

Al volver a casa descubrió el cajón vacío y abierto. Aun así metió la mano en el interior buscando algo y encontró que solo quedaba una palabra nueva, escrita con letra muy torpe:

Libre”. 

La sacó... y de pronto sintió que comenzaba una nueva vida. Una vida más insegura pero más hermosa.

 

Comentarios

Entradas populares