EL CAJÓN
Abría el cajón cada noche con cuidado, como quien visita una herida antigua.
Dentro guardaba palabras dobladas en silencio. Palabras que su orgullo a no ser perfecta le impedían sobrevivir: lo siento, error, te quiero, pasión, misterio, sorpresa, ayuda, amor...
Las retiraba de su mente, las doblaba con cuidado, como hacía con sus camisas, y las metía en la profundidad del cajón. Luego lo cerraba mientras miraba la mesilla ordenada, como su armario, como su vida... y cuadraba el borde con el marco, colocaba a dos dedos de distancia el despertador digital separado tres centímetros de los ordenados libros que se encajaban con las esquinas....
Y los días pasaron y pasaron, y llegó una noche que el cajón -preñado de palabras- se forzó y brotaron todas como el agua de los manantiales, con fuerza, con brutal atrevimiento.
Aquella mañana no sonó el despertador: la empujaron de la cama las palabras al caer.
Lo siento se quedó flotando en el aire, error rodó bajo la cama, te quiero se pegó al espejo, necesito ayuda abrió la puerta de par en par.
Ella intentó ordenarlas, doblarlas otra vez, pero ya no le obedecían.
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