NO ENTIENDO

Siempre en aquel oscuro parque y siempre a deshoras...

Y yo no dejo de decirle a Susana, mi hermana mayor, que me da miedo la oscuridad, que quiero irme a casa, que tengo sueño y hambre.

Ella insiste en que debemos quedarnos un poco más mientras rebusca algo en su mochila. Entonces saca la bolsa de patatas fritas que le vi comprar por la mañana, cuando me acompañó al colegio. La abre y me dice que vaya comiéndolas.

Sigue con la mirada fija en nuestra calle, que asoma en la esquina iluminada por una farola y por el resplandor rojo del semáforo.

Yo me siento en el tobogán mientras calmo mi ansiedad con las patatas. De pronto, me fijo en que el coche azul oscuro que suele estar aparcado delante de nuestro portal cruza por delante de nosotros.

Entonces Susana me acaricia la cabeza y me coge de la mano para decirme:

—Venga, arranca, enano. Ya podemos irnos a casa. Mamá ya está libre y seguro que nos está esperando.

Yo me alegro al escucharla, pero no acabo de entender por qué, mientras me sube la cremallera de la cazadora, tiene esa mueca tan triste en la cara.



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