LUCAS Y YO
—Dicen que las nubes pesan toneladas —afirma Lucas mientras lanza piedras al arroyo.
Yo no le respondo. Tampoco creo que no pueden pesar tanto. Aunque si lo dice Lucas debe ser cierto... él lo sabe todo.
Pero es igual. Yo estoy ocupada intentando descubrir por qué las hojas amarillas siempre son las primeras en soltarse del álamo. Caen despacio, como si tuvieran miedo de llegar al suelo.
El agua baja clara entre las piedras. A veces arrastra ramitas, otras veces insectos que viajan sin haberlo decidido. Lucas asegura que todos van a alguna parte. Yo creo que simplemente se dejan llevar.
Nos sentamos en la orilla y compartimos una manzana. Él muerde por un lado y yo por el otro. Así sabe mejor. No sé por qué.
De pronto aparece una garza al otro lado del arroyo. Se queda quieta, tan quieta que parece una roca. Lucas deja de hablar. Eso es raro en él.
La garza alza el vuelo sin avisar.
—Ya está —dice.
—¿Qué?
—Nada. Que ya se ha ido... ¿A dónde irá?
Y seguimos sentados un rato, mirando el lugar vacío que ha dejado el pájaro y pensando en su destino... un lugar imaginario.
Al volver a casa encuentro una pluma atrapada en el bolsillo de mi chaqueta. Debió de caer allí sin que me diera cuenta.
No pesa nada. Como los sentimientos.
Bueno, eso no es cierto... en ocasiones, los sentimientos pesan como las nubes... toneladas.
Pero esa noche, mientras dejo la pluma sobre la mesilla, pienso que quizá las cosas importantes son así: parecen ligeras cuando ocurren y luego dejan un peso que es imposible de llevar durante años.
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