DECIR

 El estanco estaba casi vacío aquella tarde. Ella había entrado a hacer unas compras y esperaba su turno mirando distraídamente los carteles detrás del mostrador. Entonces oyó una voz a su espalda.

—Perdona... ¿eres Laura?

Se volvió. 

Frente a ella había un hombre de unos cuarenta años, con una expresión extraña, mezcla de nerviosismo y alegría.

—Sí... —respondió, dudando.

Él sonrió.

—No te acordarás de mí.

Y tenía razón. Ella lo observó durante unos segundos. Su cara le resultaba vagamente familiar, pero no lograba situarla. Le resultaba inadecuado negar la evidencia pero tuvo que admitirlo.

—Lo siento, creo que no...

—Compartimos instituto. Nunca fuimos amigos. Ni siquiera hablamos apenas. Pero coincidimos durante años en los mismos pasillos.

Ella buscó en su memoria. Uniformes, clases, recreos, rostros que el tiempo había borrado.

—¿Cómo te llamas?

La pregunta pareció atravesarlo suavemente.

—Miguel.

Negó con la cabeza, mientras le miraba amablemente.

—Lo siento. No lo recuerdo.

Miguel sonrió de nuevo, esta vez con cierta melancolía.

—Ya imaginaba que no. Pero quería decirte algo. Es una tontería, en realidad.

Ella aguardó.

—Fuiste mi amor platónico durante toda la adolescencia e incluso más allá.

Durante unos segundos el ruido de la calle pareció desaparecer.

—¿Qué?

—Sí. Nunca me atreví a decirte nada. Ni una sola vez. Te veía pasar, te cruzabas conmigo en las escaleras, en los cambios de clase... Y para mí eras la persona más especial y admirable del mundo.

Laura no supo qué responder. Aquel hombre era prácticamente un desconocido.

—Vaya... —dijo al fin—. No sé qué decir.

—No hace falta que digas nada. Solo te vi entrar y pensé que, después de tantos años, sería absurdo volver a callarme.

La dependienta llamó al siguiente cliente. Ambos dieron un paso hacia la puerta.

Ya en la calle, el silencio se volvió incómodo. ¿Qué se decía en una situación así? Él había confesado un sentimiento de décadas. Ella ni siquiera había sabido quién era.

—Bueno... me alegro de haberte visto —dijo ella.

—Yo también.

—Y gracias por contármelo.

—Gracias por escucharme.

Se quedaron unos segundos más, sin encontrar otra frase. Después se despidieron con una sonrisa algo torpe y caminaron en direcciones opuestas.

Aquella noche, Laura tardó en dormirse.

Pensó en Miguel. En aquel muchacho invisible que había compartido sus mismos pasillos mientras ella vivía su vida sin advertir su existencia. Pensó en lo extraño que era todo: las personas que pasan junto a nosotros, los mundos enteros que desconocemos, los sentimientos que nunca llegan a pronunciarse.

La vida estaba llena de cosas así. De encuentros tardíos. De palabras guardadas durante años. De historias que nunca llegan a empezar.

Sabía que jamás se habría enamorado de él. Ni entonces ni ahora. Y sin embargo, había algo profundamente hermoso en aquel gesto. Había hecho falta valor para acercarse en aquel estanco y decir una verdad que había permanecido oculta durante media vida.

Miró el techo de su habitación y pensó en la persona a la que amaba.

Pensó en cuántas veces damos por sentado que habrá tiempo para decir las cosas importantes.

Y comprendió que Miguel, sin pretenderlo, le había recordado algo esencial.

Tomó el teléfono y escribió un mensaje sencillo:

"Te quiero mucho."

Lo envió sin añadir nada más.

Porque a veces la vida se nos escapa entre los dedos. Y porque los sentimientos hermosos, cuando son verdaderos, merecen ser dichos antes de que el silencio se vuelva demasiado largo.

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