SIMPLEMENTE AMOR

 En la sala de Urgencias el tiempo parecía avanzar muy despacio. Mi hija y yo esperábamos sentadas,cansadas, preocupadas... las tardes de domingo en el hospital son especialmente crudas y de forma singular cuando alguien acompaña a lo que más ama del mundo, a sus hijos, luchando contra el destino por preservar su salud... 

De repente, aburridas, nos fijamos en una señora mayor. Mantenía la prestancia que el pasado parecía haberle otorgado pero también acusaba el deterioro con el que golpea el paso del tiempo.

Tenía la mirada perdida y sostenía dos pequeños peluches entre las manos. Les hablaba en voz baja, como si mantuviera con ellos una conversación importante. A veces sonreía; otras, parecía escuchar atentamente una respuesta que solo ella podía oír. Era evidente que el alzhéimer había borrado muchos caminos de su memoria. Permanecía sola y extrañamente demente... 

De pronto se abrió una puerta y salió un hombre mayor acompañado por una enfermera. Ella caminaba a su lado explicándole con paciencia la medicación para el corazón, las dosis, las precauciones que debía tomar. Pero él apenas parecía escuchar. Asentía por educación mientras buscaba algo con la mirada.

En cuanto vio a la señora, todo lo demás desapareció.

Se acercó a ella con una ternura infinita. Sin decir una palabra más, se arrancó la vía que aún llevaba en el brazo y se arrodilló a su lado. Le acarició suavemente el cabello.

—Todo está bien, cariño. Todo está bien.

La mujer levantó los ojos hacia él. Sonrió con dulzura, aunque daba la impresión de que apenas lo reconocía.

La enfermera, todavía preocupada, insistió:

—¿Necesitan algo más?

El hombre la miró un instante y luego volvió los ojos hacia su esposa.

—No. Ya lo tengo todo.

Y repitió, casi para ella, casi para sí mismo:

—Todo está bien.

Después la ayudó a ponerse en pie. Ella se apoyó en su brazo con confianza antigua, aprendida durante toda una vida compartida. Juntos comenzaron a caminar hacia la salida, despacio, como quien conoce perfectamente el camino.

Mi hija me observó sorprendida, con los ojos húmedos.

—¿Has visto eso? —me preguntó.

Yo contemplé cómo se alejaban, uno sosteniendo el cuerpo y el otro sosteniendo los recuerdos que todavía quedaban y que llenaban todo el espacio.

—Sí —le respondí—. Eso es... simplemente... devoción...verdadero amor. 

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