OLVIDAR
Mientras vaciaba el apartamento de la playa encontró la vieja cámara digital dentro de una caja de zapatos, entre sombrillas rotas, pilas sulfatadas y folletos de acuarios que ya ni existían. Se quedó mirándola un rato. Recordaba habérsela regalado a su mujer en su primer año de matrimonio, cuando todavía se hacían fotos de desayunos y de pies enterrados en la arena.
Creían haberla perdido durante aquella excursión al Teide, el verano de Canarias.
Le costó una eternidad encontrar los cables adecuados. Maldijo varias veces antes de lograr conectar la cámara al televisor del salón. Y entonces aparecieron las imágenes.
Su mujer salía en casi todas: riendo en terrazas, tumbada junto a piscinas, mirando al mar desde balcones de hotel. Siempre guapísima.
Lo extraño era el acompañante.
Nunca era él.
A veces apenas una mano en su cintura. Otras, un reflejo en el espejo del baño. En muchas fotografías la ropa parecía haberse quedado fuera del encuadre, abandonada en alguna esquina invisible de la habitación.
Él siguió pasando imágenes hasta detenerse en la última.
Su mujer sonreía desnuda frente al espejo... sonreía como nunca la había visto sonreír... Y a su lado un hombre reflejado con la instantánea.
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