LA HUMILDAD CRISTIANA
Durante décadas, las monjas bordaron el mismo manto en un silencio casi sagrado. Cada puntada iba acompañada de un hondo y sentido padrenuestro; cada hilo de oro era una renuncia a la vida, un ayuno, una mortificación o una noche de vigilia ofrecida por los más pobres.
Cuando por fin lo terminaron, peregrinos de medio mundo acudieron a contemplar aquella obra de devoción.
Dijeron que ningún tesoro reflejaba mejor la humildad cristiana, la renuncia a todo para servir a Dios y a los hombres.
Meses después, el manto fue subastado para financiar la reforma del palacio del obispo y la nueva residencia de la abadesa.
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