EL VALOR DEL AMOR
Le habíamos dado muchas vueltas durante los últimos días. Consultamos un montón de inmobiliarias, visitamos un par de pisos y hasta nos comprometimos solemnemente a empezar a meter nuestras vidas en cajas. Había que hacerlo bien, sin dramas, con la madurez de quienes han decidido que lo suyo ya no tiene arreglo. La intención era firme. O eso creíamos.
Pero aquella mañana, después de recibir la respuesta definitiva sobre las hipotecas, nos sentamos en el salón, abrimos una botella de vino y nos miramos a los ojos. Sin reproches. Sin sacar a relucir aquella colección de agravios que habíamos ido acumulando durante años.
—¿Y si lo intentamos de nuevo? —pregunté.
—¿El qué?
—Lo de querernos.
Mi mujer sostuvo la copa entre los dedos y sonrió. No hizo falta mucho más. Creo que los dos llevábamos días deseando escuchar aquella pregunta, aunque ninguno se había atrevido a formularla.
El debate sobre el asunto duró poco. Un beso, otro y, de pronto, nos encontramos abrazados en plena cocina, con el vino olvidado sobre la mesa y las manos recorriendo territorios que creíamos abandonados. Fue apasionado, inesperado y, sobre todo, extraordinariamente convincente. Como cuando nos conocimos. Plena pasión de almas entregadas.
Por la tarde comenzamos a deshacer las cajas. Los libros regresaron a las estanterías, la ropa a los armarios y los cuadros a sus clavos. Mientras la casa recuperaba su aspecto habitual, yo aproveché para escribirle a Julieta: "Nos hemos reconciliado. Lo del fin de semana en el Salnés tendrá que esperar. Ya me inventaré en unos días una excusa de trabajo". Envié el mensaje y dejé el teléfono boca abajo.
Mi mujer, entretanto, desapareció en el cuarto de baño con el suyo. La puerta se cerró y, durante unos segundos, alcancé a ver el resplandor de la pantalla reflejado en el espejo del pasillo. No necesité preguntarme demasiado a cual de sus amantes estaría escribiendo. Últimamente esta obsesionada con el del gimnasio.
Cuando terminamos de colocar las últimas cosas, nos encontramos en el salón. Después, arreglados los asuntos menores, aprovechamos para sonreírnos y proponer noche de pizza y película... No hubo la más mínima discusión... estaba claro que seguiríamos juntos... nos salía más rentable amarnos que hipotecarnos en una vida nueva.
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