TRUCO

 Las luces se apagaron. 

Un único haz dorado descendió sobre la urna de caoba mientras el teatro contenía el aliento. 

Yo sonreí con esa elegancia aprendida, fruto ya de mi madurez, que hace creer al público que los milagros existen y que la realidad solo es un truco mal iluminado.

Ella entró despacio, radiante, envuelta en lentejuelas. Me regaló la misma sonrisa perfecta de siempre. La misma sonrisa con la que me cautivó la primera vez que la vi. Era mi estrella.

Cerré la puerta. Giré la llave. Pronuncié las palabras rituales. El humo devoró la escena. Los violines estallaron. Los aplausos comenzaron incluso antes de abrir la urna.

Esta noche, por primera vez, el truco salió exactamente como prometía el cartel: desaparición definitiva. Cuando abrí la urna, no había absolutamente nada en su interior. 

El público se puso en pie, fascinado. 

Nadie sospechó que la mujer a la que aplaudían y que no volverían a ver era la misma que, una hora antes, había descubierto en el camerino besando al trapecista.

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