PRESCINDIBLE

 Desde hacía meses, papá insistía en bajar solo al mercado. Decía que aún recordaba el camino mejor que nadie, que no necesitaba que lo llevaran del brazo como a un niño cansado, que no era un derrotado, que solo era mayor pero que aun se valía por si mismo. 

Yo asentía siempre... le permitía su discurso... su justificación...  aunque terminaba acompañándolo igual, caminando medio paso detrás por si tropezaba con los adoquines húmedos de la plaza.

Aquella tarde de invierno avanzábamos despacio entre los puestos cerrados. Él mascullaba reproches antiguos: que yo había desperdiciado oportunidades, que mi hermana sí supo marcharse a la ciudad y construir una vida digna, que yo nunca aprendí a escuchar. Hablaba sin mirarme, clavando la vista en las luces amarillas de los escaparates vacíos mientras me regalaba su desencanto y su tristeza.

Yo podría haberle recordado que Clara apenas llamaba en Navidad, que hacía varios meses que no cruzaba la puerta de casa ni preguntaba por sus medicinas. Podría haberle dicho que fui yo quien dejó el trabajo para quedarme en aquella casa húmeda donde el viejo reloj del salón seguía dando las horas con esa terquedad infinita de la desidia plena. Pero me limité a ajustar mejor la bufanda alrededor de su cuello.

Cuando llegamos al puente, el río bajaba oscuro y rápido bajo nosotros. Papá se detuvo unos segundos, respiró hondo y, con su habitual desidia, me insistió:

—Mañana vengo solo —dijo.

Y yo respondí lo de siempre:

—Claro, mañana te dejo a tu aire.

Luego decidí empujarle hacia las aguas oscuras del río.... seguro que yo era tan prescindible como él afirmaba.

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