EL CIELO

 La abuela siempre lo decía; que nunca nadie regresó de allí para contarnos cómo se está en el cielo. 

Pero mamá reñía con ella y nos insistía en que no le hiciésemos mucho caso. Que cuando se llevaron al abuelo por rojo, ella había quedado trastornada. Y que nosotros repitiésemos en la clase de Catecismo lo que nos enseñaba el párroco... que ya bastantes problemas había habido en casa.

Así que yo callaba. Repetía lo que tocaba, “Dios es amor”, “los buenos van al cielo, los malos al Infierno, los inocentes sin bautizar al Purgatorio, y al limbo de los Justos las almas que murieron antes de la Redención". 

El tiempo pasó. El silencio y el olvido se adueñaron de la vida. 

En Difuntos solíamos acompañar a mamá hasta el cementerio. Allí poníamos flores en las tumbas de los tíos, incluso de mi primo Javier a quien la viruela se lo llevó cuando comenzaba a aprender a caminar. Pero la abuela nunca venía... y yo suponía que por eso nunca le llevamos flores al abuelo.

Un día, en el erial viejo y abandonado donde antes habían estado los olivares, vi a la abuela agachada de rodillas. Me acerqué y me pareció escucharla rezar, con esa letanía monótona y monocorde que tenían las ancianas que rezaban el rosario delante del altar. Pero cuando estuve más cerca me di cuenta que no susurraba oraciones: enumeraba nombres. Muchos. Algunos los conocía del pueblo, otros no... Todos en voz baja, todos con delicadeza, todos con dolor... como quien invoca fantasmas con miedo a despertarlos.

Fue ese día cuando comprendí de que estaba hecho el cielo: estaba lleno de hombres sin tumba, de todos aquellos por los que aquí no se puede rezar... los hombres a los que tenemos la obligación de olvidar.

Comentarios

Entradas populares