EL FIN DEL VIAJE
El alma despertó, otra vez, en el cuerpo de un hombre cualquiera.
Ya ha sido tantos personajes antes que apenas queda curiosidad.
De esclavo en el Antiguo Egipto de infausto recuerdo a noble, en el medievo, maltratado por una sífilis contraida por su afán por las jóvenes doncellas... populacho en la Revolución Francesa; intelectual del despotismo ilustrado; revolucionario en la cuba del Che, estudiante moderado en la transición; padre de familia del Opus...
Pero sabía cómo terminaba todo: promesas, cansancio, y ese vacío que llega justo cuando uno cree entender algo.
Hoy, sin embargo, había un pequeño temblor distinto.
Ella —la compañera de trabajo que ríe discreta mientras apenas se atreve a tocar la blanca sábana de la cama del hospital— parece no querer irse de la habitación. El cuerpo siente el vértigo, la ansiedad, el deseo... Ha sido un infarto...
Un dolor fuerte en el pecho..., en la oficina... cuando el jefe, ese maldito idiota que siempre anda perdiéndose entre los pechos de las secretarias, le gritó pidiéndole la contabilidad de los últimos seis meses.
Y cree adivinar que ahora si sabe el guion de memoria: la copa, la charla, el intento, el triunfo... el amor.
Quizás ya no haya otro cuerpo. Quizás el alma ahora decida quedarse en este hombre cualquiera... un oficinista torpe y solitario que se ve conquistado por los ojos de esa delicada muchacha rubia, que cuando era joven jugó a ser pelirroja, y que parece admirarlo de forma infinita. Como nadie lo hizo nunca,
Quizás aquí acabe el viaje.
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