UNA VIDA DE SILENCIO

Cada mañana, Clara abría su joyería a la misma hora. Pulía los anillos, ordenaba los collares, limpiaba el cristal del escaparate donde la luz se detenía un instante antes de morir. Frente a la tienda, en la esquina, él. Siempre él. El mendigo de los ojos grises.

Nunca cruzaron palabra. Solo miradas, breves como el destello de una gema al sol. Ella, entre los destellos del oro. Él, entre el polvo y el silencio. A veces, cuando nadie la veía, dejaba una moneda en su taza, temblando como si entregara algo más. Como si en el metal fuese algo de su corazón.

Pasaron los años como se apagan los relojes olvidados. El escaparate perdió su brillo, los dedos de Clara su firmeza, y él… siguió allí. Más delgado, más como una sombra que como un hombre, pero con la misma mirada resistente del invierno que sabe de durezas y fríos.

Una mañana, Clara no abrió la tienda.
Los vecinos vieron al mendigo frente a la puerta cerrada, con una flor entre los dedos. Esperó hasta el anochecer.

Cuando finalmente se marchó, el reflejo del cristal del escaparate mostraba dos figuras difusas, una frente a otra, inmóviles, como si el tiempo —por fin— hubiera decidido concederles el coraje que les negó la vida.

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