NOVIO
Marta siempre había desconfiado de los novios de su hija. Los veía entrar en casa con su juventud insolente, su sonrisa de promesa, y sentía un rencor mudo, un filo en el pecho que se disfrazaba de prudencia. Fingía protegerla, pero lo que realmente custodiaba era el recuerdo de sí misma.
Uno tras otro se marchaban. Ella los espantaba con elegancia: una palabra fuera de lugar, una mirada demasiado larga. Su hija no lo entendía. Lloraba, y Marta la abrazaba con ternura fingida, saboreando en silencio el poder de decidir quién merecía quedarse.
Hasta que llegó él. No tenía la sonrisa fácil ni la juventud fresca de los demás. Era mayor. Su voz tenía grietas, y en los ojos le habitaba algo que Marta reconoció de inmediato: soledad. Esa misma soledad que ella ocultaba tras los manteles de encaje y los olores a sopa recién hecha.
Durante la cena, él la miraba más a ella que a su hija. Y Marta, por primera vez, no apartó la mirada. Supo entonces que su juego había terminado. Que la venganza envejece igual que la piel.
Esa noche, él llamó a su puerta. Su hija dormía. Marta lo dejó entrar sin decir palabra.
A la mañana siguiente, la mesa seguía puesta, el té frío, dos tazas a medio beber.
Su hija bajó las escaleras y solo encontró un anillo dorado sobre el mantel y, en el aire, el olor inconfundible de una despedida.
De dos.
Comentarios
Publicar un comentario